Berenice
Berenice Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la mansión de nuestros antepasados. Pero crecimos de modo distinto: yo, enfermizo, envuelto en tristeza; ella, ágil, graciosa, llena de fuerza; suyos eran los paseos por la colina; mÃos, los estudios del claustro; yo, viviendo encerrado en mà mismo, entregado en cuerpo y alma a la intensa y penosa meditación; ella, vagando sin preocuparse de la vida, sin pensar en las sombras del camino ni en el silencioso vuelo de las horas de alas negras. ¡Berenice! -Invoco su nombre-, ¡Berenice! Y ante este sonido se conmueven mil tumultuosos recuerdos de las grises ruinas. ¡Ah, acude vÃvida su imagen a mÃ, como en sus primeros dÃas de alegrÃa y de dicha! ¡Oh encantadora y fantástica belleza! ¡Oh sÃlfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh náyade entre sus fuentes! Y entonces… , entonces todo es misterio y terror, y una historia que no se debe contar. La enfermedad -una enfermedad mortal- cayó sobre ella como el simún, y, mientras yo la contemplaba, el espÃritu del cambio la arrasó, penetrando en su mente, en sus costumbres y en su carácter, y de la forma más sutil y terrible llegó a alterar incluso su identidad. ¡Ay! La fuerza destructora iba y venÃa, y la vÃctima… , ¿dónde estaba? Yo no la conocÃa, o, al menos, ya no la reconocÃa como Berenice.
