El Cottage de Landor
El Cottage de Landor Durante una excursión a pie, que realicé el
pasado verano a través de uno o dos de los condados ribereños de Nueva York, me encontré, al caer el día, un tanto desorientado acerca del camino que debía seguir. La tierra se ondulaba de un modo considerable y durante la última hora mi senda había dado vueltas y más vueltas de aquí para allá, tan confusamente en su esfuerzo por mantenerse
dentro de los valles, que no tardé mucho en ignorar en qué dirección quedaba la bonita aldea de B..., donde había decidido pernoc-tar. El sol casi no había brillado durante el día
—en el más estricto sentido de la palabra—, a pesar de lo cual había estado desagradable-mente caluroso. Una niebla humeante, parecida a la del verano indio, envolvía todas las cosas y, desde luego, contribuía a mi incerti-dumbre. No es que me preocupara mucho por