El cuervo y otros poemas
El cuervo y otros poemas No hace mucho, el autor de estas líneas
afirmaba, con loca vanidad intelectual,
«el poder de las palabras», y descartaba
que en el cerebro humano cupieran
pensamientos ajenos al dominio de la lengua.
Ahora, como burlándose de tal jactancia,
dos palabras —dos suaves bisílabos foráneos
de ecos italianos, labrados sólo para los labios
de ángeles que, bajo la luna, sueñan «en rocío
que pende del Hermón como perlas hilvanadas»—
han emergido de los abismos de su corazón, como
impensados pensares que son el alma del pensamiento,
como visiones más ricas, más agrestes y divinas
que cuantas Israfel, el serafín del arpa («aquel que,
de todas las criaturas de Dios, tiene la voz más dulce»),
pudiera querer articular. ¡Y se han roto mis hechizos!
Impotente, la pluma cae de mi mano temblorosa.
