El cuervo y otros poemas
El cuervo y otros poemas ¡Qué mar de orgullo silencioso y sereno!
¡Qué osada ambición! ¡Y qué profunda,
qué insondable capacidad para amar!
Pero al fin la noble Diana se retiró
hacia su lecho occidental de nubarrones;
y tú, un fantasma, te escabulliste también
por la arboleda sepulcral; Sólo tus ojos permanecieron.
No deseaban irse: aún no se han ido. Aquella noche
iluminaron mi solitario regreso a casa y desde entonces
(al contrario que mis esperanzas) no me abandonan.
Siempre me siguen, me han guiado a través del tiempo;
son mis ministros, yo soy su esclavo. Su cometido
es iluminar y dar tibieza; mi deber
es ser salvado, por su brillante luz,
purificado por su fuego electrizante,
santificado por su fuego elíseo.
Tus ojos llenan de belleza (que es esperanza) mi alma
y titilan, lejanos, en el firmamento. Son las estrellas