El escarabajo de oro
El escarabajo de oro —Deseo vivamente servirle a usted en lo que sea —repliqué—; pero ¿pretende usted decir que ese insecto infernal tiene alguna relación con su expedición a las colinas?
—La tiene.
—Entonces, Legrand, no puedo tomar parte en tan absurda empresa.
—Lo siento, lo siento mucho, pues tendremos que intentar hacerlo nosotros solos.
—¡Intentarlo ustedes solos! (¡Este hombre está loco, seguramente!) Pero veamos, ¿cuánto tiempo se propone usted estar ausente?
—Probablemente, toda la noche. Vamos a partir en seguida, y en cualquiera de los casos, estaremos de vuelta al salir el sol.
—¿Y me promete por su honor que, cuando ese capricho haya pasado y el asunto del escarabajo (¡Dios mÃo!) esté arreglado a su satisfacción, volverá usted a casa y seguirá con exactitud mis prescripciones como las de su médico?
—SÃ, se lo prometo; y ahora, partamos, pues no tenemos tiempo que perder.