El escarabajo de oro
El escarabajo de oro —Le he enviado a buscar—dijo él, en un tono grandilocuente, cuando hube terminado mi examen del insecto—; le he enviado a buscar para pedirle consejo y ayuda en el cumplimiento de los designios del Destino y del escarabajo…
—Mi querido Legrand—interrump×, no está usted bien, sin duda, y harÃa mejor en tomar algunas precauciones. Váyase a la cama, y me quedaré con usted unos dÃas, hasta que se restablezca. Tiene usted fiebre y…
—Tómeme usted el pulso—dijo él.
Se lo tomé, y, a decir verdad, no encontré el menor sÃntoma de fiebre.
—Pero puede estar enfermo sin tener fiebre. PermÃtame esta vez tan sólo que actúe de médico con usted. Y después…
—Se equivoca—interrumpió él—; estoy tan bien como puedo esperar estarlo con la excitación que sufro. Si realmente me quiere usted bien, aliviará esta excitación.
—¿Y qué debo hacer para eso?
—Es muy fácil. Júpiter y yo partimos a una expedición por las colinas, en el continente, y necesitamos para ella la ayuda de una persona en quien podamos confiar. Es usted esa persona única. Ya sea un éxito o un fracaso, la excitación que nota usted en mà se apaciguará igualmente con esa expedición.