El escarabajo de oro
El escarabajo de oro Examiné entonces la calavera con toda meticulosidad. Los contornos—los más próximos al borde del pergamino—resultaban mucho más claros que los otros. Era evidente que la acción del calor habÃa sido imperfecta o desigual. Encendà inmediatamente el fuego y sometà cada parte del pergamino al calor ardiente. Al principio no tuvo aquello más efecto que reforzar las lÃneas débiles de la calavera; pero, perseverando en el ensayo, se hizo visible, en la esquina de la tira diagonalmente opuesta al sitio donde estaba trazada la calavera, una figura que supuse de primera intención era la de una cabra. Un examen más atento, no obstante, me convenció de que habÃan intentado representar un cabritillo.
—¡Ja, ja!—exclamé—. No tengo, sin duda, derecho a burlarme de usted (un millón y medio de dólares es algo muy serio para tomarlo a broma). Pero no irá a establecer un tercer eslabón en su cadena; no querrá encontrar ninguna relación especial entre sus piratas y una cabra; los piratas, como sabe, no tienen nada que ver con las cabras; eso es cosa de los granjeros.
—Pero si acabo de decirle que la figura no era la de una cabra.
—Bueno; la de un cabritillo, entonces; viene a ser casi lo mismo.