El Gato Negro
El Gato Negro Apenas hube visto esta aparición—porque yo no podÃa considerar aquello más que como una aparición—, mi asombro y mi terror fueron extraordinarios. Por fin vino en mi amparo la reflexión. Recordaba que el gato habÃa sido ahorcado en un jardÃn contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardÃn fue invadido inmediatamente por la muchedumbre, y el animal debió de ser descolgado por alguien del árbol y arrojado a mi cuarto por una ventana abierta. Indudablemente se hizo esto con el fin de despertarme. El derrumbamiento de las restantes paredes habÃa comprimido a la vÃctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido. La cal del muro, en combinación con las llamas y el amonÃaco del cadáver, produjo la imagen tal como yo la veÃa.
Aunque prontamente satisfice asà a mi razón, ya que no por completo mi conciencia, no dejó, sin embargo, de grabar en mi imaginación una huella profunda el sorprendente caso que acabo de dar cuenta. Durante algunos meses no pude liberarme del fantasma del gato, y en todo este tiempo nació en mi alma una especie de sentimiento que se parecÃa, aunque no lo era, al remordimiento. Llegué incluso a lamentar la pérdida del animal y a buscar en torno mÃo, en los miserables tugurios que a la sazón frecuentaba, otro favorito de la misma especie y de facciones parecidas que pudiera sustituirle.