Eureka
Eureka La idea de un éter retardador y con ella la de una aglomeración final de todas las cosas pareció confirmada en una oportunidad, sin embargo, por la observación de una disminución positiva en la órbita de la verdadera Luna. Con referencia a los eclipses registrados hace dos mil quinientos años, se halló que la velocidad de la revolución del satélite era entonces mucho menor que ahora; que, aceptando la hipótesis de que su movimiento en la órbita está uniformemente de acuerdo con la ley de Kepler, y que fue determinado con exactitud entonces —hace dos mil quinientos años—, se ha adelantado ahora casi 9.000 millas a la posición que debería ocupar. El aumento de velocidad probaba, naturalmente, una disminución de órbita; y los astrónomos se inclinaron rápidamente a creer en un éter como el único modo de explicar el fenómeno, cuando Lagrange acudió en su ayuda. Mostró que, a causa de las configuraciones de los esferoides, los ejes más cortos de sus elipses están sujetos a una variación de longitud; que los ejes más largos son permanentes, y que esta variación es continua y vibratoria, de modo que cada órbita se halla en un estado de transición, ya sea del círculo a la elipse o de la elipse al círculo. En el caso de la luna, cuando el eje menor decrece, la órbita pasa del círculo a la elipse y, en consecuencia, también decrece; pero después de una larga serie de edades será alcanzada la extrema excentricidad; entonces el eje menor comenzará a aumentar hasta que la órbita se convierta en un círculo; después el proceso de achicamiento se producirá de nuevo, y así por siempre. En el caso de la Tierra, la órbita pasa de la elipse al círculo. Los hechos así demostrados suprimen, naturalmente, toda necesidad de suponer un éter y toda aprensión sobre la inestabilidad del sistema ocasionada por el éter.