Eureka
Eureka Ahora bien, con respecto a estos átomos así difundidos o en difusión, ¿qué condiciones nos está permitido, no presumir sino inferir, tanto de la consideración de su fuente como del propósito aparente de su difusión? Siendo la unidad su fuente y la diferencia a partir de la unidad el designio manifestado en su difusión, tenemos el derecho de suponer que este carácter persiste por lo menos en general en todo el designio y forma parte del designio mismo; es decir, tendremos el derecho de concebir continuas diferencias en todos los puntos, a partir de la unicidad y la simplicidad del origen. ¿Pero estas razones nos justificarán para imaginar a los átomos heterogéneos, disímiles, desiguales, y no equidistantes? Más explícitamente, ¿vamos a considerar que no hay dos átomos, en el momento de su difusión, de la misma naturaleza, la misma forma o el mismo tamaño? Y después de realizarse su difusión en el espacio, ¿debe entenderse que todos ellos están entre sí a distancias absolutamente distintas? En semejante disposición, en tales condiciones, comprendemos con facilidad y rapidez el procedimiento de ejecución más factible para llevar a su perfección un designio tal como el que hemos sugerido: el designio de sacar la variedad de la unidad, la diversidad de la similaridad, la heterogeneidad de la homogeneidad, la complejidad de la simplicidad; en una palabra, la mayor multiplicidad de relación posible a partir de la unidad categóricamente independiente. Es indudable, entonces, que tendríamos el derecho de presumir todo lo mencionado si no fuera primero por la reflexión de que no debe atribuirse supererogación a ningún Acto Divino; y segundo, porque el supuesto objeto en vista aparece tan factible cuando se omiten en el comienzo algunas de las condiciones en cuestión, como cuando se las sabe de inmediato existentes. Quiero decir que algunas están implícitas en el resto o son una consecuencia tan instantánea de aquéllas, que la distinción resulta inapreciable. La diferencia de tamaño, por ejemplo, será producida de inmediato por la tendencia de un átomo hacia un segundo, de preferencia a un tercero, a causa de una desigualdad particular de distancia; debe ser comprendida como una desigualdad de distancia particular entre centros de cantidad, en átomos vecinos de diferentes formas, cuestión que en nada se opone a la distribución generalmente igual de los átomos. La diferencia de especie también se comprende fácilmente como simple resultado de diferencias de tamaño y forma, tomadas más o menos en conjunto; en realidad, puesto que la unidad de la partícula propiamente dicha implica absoluta homogeneidad, no podemos imaginar los átomos de diferentes clases, en su difusión, sin imaginar, al mismo tiempo, un especial ejercicio de la voluntad divina en la emisión de cada átomo, con el propósito de efectuar en cada uno un cambio de su naturaleza esencial; tan fantástica idea no debe ser tolerada, teniendo en cuenta que el objeto propuesto es perfectamente alcanzable sin semejante interposición prolija y laboriosa. Advertimos, pues, en general, que sería supererogatorio y, en consecuencia, antifilosófico predicar de los átomos, teniendo en cuenta sus propósitos, algo más que la diferencia de forma en el momento de su dispersión, y luego su particular desigualdad de distancia; todas las otras diferencias surgen de inmediato de éstas, en los procesos de la constitución de la masa. Establecemos así el universo sobre una base puramente geométrica. Desde luego, en modo alguno es necesario suponer una diferencia absoluta, aun de forma, en todos los átomos irradiados, así como tampoco una desigualdad absoluta de distancia entre ellos. Sólo se nos pide que concibamos simplemente que no hay átomos vecinos de forma similar, que no hay átomos que puedan aproximarse hasta su inevitable reunión final.