La Carta robada

La Carta robada

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—En tal caso —dijo Dupin, abriendo un cajón y sacando un libro de cheques—, hágame un cheque por la cantidad mencionada. Cuando lo haya firmado le entregaré la carta.

Quedé atónito. El Prefecto, durante algunos minutos, permaneció en silencio e inmóvil, mirando fascinado a Dupin. Después, como volviendo en sí, tomó temblorosamente una pluma, llenó el cheque y lo entregó a Dupin. Éste lo examinó sin apuro, y lo depositó en su cartera; luego, abriendo un escritorio, sacó una carta y la puso en manos de G. Éste se abalanzó sobre ella con éxtasis, la abrió, la contempló largamente y, sin una palabra, sin un saludo, salió del cuarto y de la casa, transfigurado.

Cuando nos quedamos solos, mi amigo entró en explicaciones.

—La policía de París —dijo— es muy eficaz. Es perseverante, ingeniosa y muy versada en los conocimientos que sus tareas exigen. Así, cuando G. nos detalló su modo de registrar la casa del Ministro, no puse en duda la perfección de ese trabajo, dentro de sus limitaciones.

—¿Dentro de sus limitaciones?

—Sí —dijo Dupin—. Las disposiciones adoptadas eran las mejores; su ejecución, perfecta. Si la carta hubiera estado al alcance de la búsqueda, los agentes la habrían descubierto.


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