La Carta robada
La Carta robada —Temo que tenga usted razón —dijo el Prefecto—. Y ahora, Dupin, ¿qué me aconseja?
—Volver a revisar la casa del Ministro.
—Es absolutamente innecesario —respondió G.—. Estoy seguro de que la carta no está en la casa.
—Pues no tengo mejor consejo que darle —dijo Dupin—. Tendrá usted, como es natural, una precisa descripción de la carta.
—Ya lo creo.
El Prefecto sacó la cartera y nos leyó en voz alta una descripción de la carta robada. Poco después se fue, abatidÃsimo.
Al mes siguiente volvió a visitarnos, casi a la misma hora. Tomó una pipa, se dejó caer en un sillón y cuidadosamente habló de cosas banales. Por último, le dije:
—Y bien, G., ¿qué hay de la carta robada? ¿Se ha convencido usted de que es imposible sorprender al Ministro?
—Que el diablo se lo lleve: asà es. Seguà el consejo de Dupin, revisé la casa, pero todo fue inútil.
—¿A cuánto asciende la recompensa? —preguntó Dupin.
—A una gran cantidad. A una suma muy importante. No quiero decir cuánto precisamente, pero diré una cosa: estoy listo a firmar un cheque por cincuenta mil francos a quien me dé la carta.