La Carta robada
La Carta robada —Pero ¿qué propósito tenÃa usted —pregunté— para reemplazar la carta por un facsÃmil? ¿No hubiera sido mucho más simple apoderarse de ella en la primera visita?
—El Ministro —replicó Dupin— es inescrupuloso y valiente. Además, no carece de servidores fieles. El acto que usted me sugiere podÃa haberme costado la vida. Otros fines me obligaban a ser prudente. Usted conoce mi tendencia polÃtica: en este asunto he obrado como partidario de la dama comprometida. Durante dieciocho meses el Ministro la ha tenido en su poder; ahora, ella lo tiene en su poder. D. ignora que le han sacado la carta y continuará con sus exigencias. Él mismo será, de este modo, el artÃfice de su ruina polÃtica. Su caÃda, además, no será más abrupta que torpe. Es muy común hablar del facilis descensus Averni; pero en todas las cuestas, como la Catalani dijo del canto, es más arduo bajar que subir. En este caso, no tengo simpatÃa ni piedad por el que desciende. Es el monstrum horrendum, es el hombre genial, inescrupuloso. Confieso, sin embargo, que me gustarÃa ver su reacción cuando, desafiado por la persona a quien el Prefecto llama «de la más encumbrada categorÃa», se vea obligado a abrir la carta que he dejado en el tarjetero.
—¿Cómo? ¿Usted no dejó un sobre vacÃo?