Narracion de Arthur Gordon Pym

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La tercera tentativa fue tan infructuosa como las dos primeras, y comprendimos que nada podría hacerse como no arregláramos un dispositivo por medio del cual el buzo quedara retenido en el piso de la cámara, con ayuda de algún peso, mientras durara su búsqueda. Largo rato buscamos algo que respondiera a nuestras necesidades, hasta que, al fin, con grandísima alegría descubrimos que uno de los soportaobenques a babor estaba lo bastante suelto como para poder desprenderlo. Luego de asegurarlo cuidadosamente a una de sus pantorrillas, Peters zambullóse por cuarta vez en la cámara y consiguió llegar hasta la puerta de la despensa. Pero entonces, para su inexpresable desesperación descubrió que estaba cerrada con llave y tuvo que volverse sin entrar, pues a pesar de sus mayores esfuerzos le era imposible permanecer más de un minuto bajo el agua.

Nuestra situación nos pareció más horrible que nunca, y ni Augustus ni yo pudimos contener el llanto al pensar en la multitud de dificultades que nos rodeaba y las escasas probabilidades que teníamos de salvar nuestras vidas. Pero esta debilidad no duró mucho. Cayendo de rodillas, nos encomendamos a Dios e imploramos su ayuda frente a los peligros que nos amenazaban, y nos levantamos con renovadas fuerzas y esperanzas para pensar lo que aún podíamos hacer con los medios materiales de que disponíamos, a fin de lograr nuestra salvación.


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