Narracion de Arthur Gordon Pym

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El cuerpo de donde procedía, sostenido por el cable, se había movido a uno y otro lado a causa de los esfuerzos del ave carnívora, y aquel movimiento nos había engañado al principio con una impresión de vida. Cuando la gaviota lo libró de su peso giró en redondo y cayó, dejando el rostro completamente al descubierto. ¡Jamás hubo espectáculo tan impregnado de horror! Le faltaban los ojos, así como los labios, y los dientes se hallaban a la vista. ¡Esta, pues, era la sonrisa que nos había dado tantas esperanzas! Y ésta… pero no sigamos. Como ya he dicho, el bergantín pasó bajo nuestra popa y alejóse lenta, pero seguramente, a sotavento. Con él y su terrible tripulación se alejaron todas nuestras alegres visiones de salvación y regocijo. Es verdad que, como pasaba tan lentamente, podríamos haber tratado de llegar a su bordo, pero nuestra terrible decepción, juntamente con el espantoso descubrimiento que acabábamos de hacer, nos privó por completo de las facultades físicas y mentales. Habíamos visto, habíamos sentido; pero ¡ay!, cuando fuimos capaces de obrar ya era demasiado tarde. Para dar una idea del punto a que había llegado nuestra perturbación ante lo ocurrido baste decir que el bergantín se había alejado ya lo suficiente como para que sólo viéramos la mitad de su casco y, sin embargo, debatimos seriamente la posibilidad de alcanzarlo… ¡a nado!


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