Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym Hasta este momento habÃamos avanzado hacia el sur ocho grados más que cualquiera de los navegantes anteriores, y el mar continuaba completamente abierto ante nosotros. Advertimos asimismo que la declinación magnética seguÃa disminuyendo uniformemente a medida que avanzábamos, y, lo que era más sorprendente, que la temperatura atmosférica, y más tarde la del agua, se hacÃan más templadas. Hasta podÃa decirse que el tiempo era agradable, y desde el norte soplaba un viento constante, pero sumamente moderado. El cielo estaba casi siempre despejado, con una que otra ligera bruma en el horizonte austral; pero estas brumas duraban muy poco. Sólo dos inconvenientes se nos presentaban: empezaba a faltarnos combustible y varios miembros de la tripulación mostraban sÃntomas de escorbuto. Estas consideraciones influyeron en el ánimo del capitán Guy, quien se refirió varias veces a la conveniencia de emprender el retorno. Por mi parte, confiado como estaba en llegar a alguna tierra si mantenÃamos nuestro rumbo, y fundadamente convencido de que dicha tierra, a juzgar por las condiciones generales que encontrábamos, no serÃa un suelo estéril como el de las mayores latitudes árticas, insistà calurosamente en la conveniencia de seguir navegando hacia el sur por lo menos durante algunos dÃas. Jamás se le habÃa presentado a hombre alguno oportunidad tan tentadora de resolver el gran problema concerniente a un posible continente antártico, y confieso que ardÃa de indignación ante las tÃmidas e inoportunas insinuaciones de nuestro comandante. Creo, en fin, que todo lo que no pude menos de decirle en la cara influyó para que se decidiera a seguir adelante. Y si, por un lado, no dejo de lamentar los infortunados y sangrientos sucesos que se derivaron de mi consejo, por otro puedo sentirme satisfecho de haber contribuido modestamente a revelar a la ciencia uno de los más extraordinarios secretos que hayan llamado jamás su atención.