Narracion de Arthur Gordon Pym
Narracion de Arthur Gordon Pym El lugar desde donde mirábamos no estaba lejos de la cima del más alto pico perteneciente a la cadena de colinas de esteatita. La garganta por la cual se habÃa aventurado nuestro grupo de treinta y dos hombres corrÃa a unos cincuenta pies a nuestra izquierda. Pero, en un trecho de por lo menos cien yardas, el fondo o cuenca de dicha garganta se hallaba completamente cubierto por los restos caóticos de más de un millón de toneladas de tierra y piedra que habÃan sido precipitadas artificialmente sobre ella. Demasiadas huellas de la criminal emboscada quedaban a la vista como para que no pudiéramos adivinar en seguida la forma en que habÃan procedido los salvajes. En varios puntos situados en lo alto del lado oriental de la garganta (nosotros estábamos en la parte oeste) podÃan verse estacas clavadas en tierra. En aquellos puntos la tierra no habÃa cedido, pero todo a lo largo de la fachada del precipicio desde el cual habÃan caÃdo las masas de roca se advertÃa claramente la huella —como de barreno para dinamitar— que habÃan dejado estacas similares a las que estábamos viendo, clavadas a una yarda una de otra a lo largo de unos trescientos pies, alineándose a diez pies del borde del abismo. Fuertes cuerdas de lianas aparecÃan atadas a las estacas remanentes, y resultaba claro que otras cuerdas similares habÃan sido aseguradas a cada una de las restantes estacas. Ya me he referido a la singular estratificación de aquellas colinas de esteatita, y la descripción que acabo de hacer de la angosta y profunda fisura por la cual habÃamos escapado de ser enterrados vivos puede ilustrar mejor sus caracterÃsticas. Estas eran tales que cualquier convulsión natural hubiera bastado para agrietar el suelo formando capas verticales y grietas paralelas entre sÃ; y lo mismo hubiese podido lograrse en una extensión menor mediante medios mecánicos. Los salvajes habÃan aprovechado esta estratificación caracterÃstica para llevar a cabo sus criminales fines. No cabÃa duda, al ver la serie de estacas, que se habÃa practicado una ruptura parcial del suelo, a una profundidad de uno o dos pies, y que luego, llegado el momento, los encargados de la maniobra habÃan tirado con todas sus fuerzas de las extremidades de cada cuerda (sujetas en lo alto de las estacas y extendiéndose muy lejos del borde del precipicio); en esa forma habÃan logrado un poderoso movimiento de palanca capaz de hacer caer a una señal dada toda una ladera de la colina sobre la garganta que corrÃa más abajo. Ya no podÃamos dudar del destino corrido por nuestros infortunados compañeros. Sólo nosotros habÃamos escapado de la tempestad de aquella arrolladora destrucción. Éramos los únicos hombres blancos vivientes en la isla.