Narracion de Arthur Gordon Pym

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Después de muchas vacilaciones y dos o tres violentas querellas, decidióse finalmente que todos los prisioneros (con excepción de Augustus, a quien Peters, en tono de broma, decidió guardar como su sirviente) fueran embarcados en uno de los botes balleneros más pequeños. El piloto bajó a la cámara para ver si el capitán Barnard estaba todavía vivo, pues se recordará que lo habían dejado allí al subir al puente. No tardaron en reaparecer ambos; el capitán estaba pálido como un muerto, pero se había recobrado un tanto de los efectos de su herida. Se dirigió a los hombres con voz apenas perceptible, instándolos a que no le abandonaran en el mar y a que retornaran al cumplimiento del deber, prometiendo que si lo hacían estaba dispuesto a dejarlos desembarcar donde quisieran y a no tomar ninguna medida posterior contra ellos. Pero lo mismo hubiera sido que hablase a los vientos. Dos de aquellos miserables lo tomaron de los brazos y lo lanzaron desde la borda al bote que acababan de bajar. Los cuatro hombres que yacían en cubierta recibieron orden de seguirlo, luego que los desataron, y así lo hicieron sin oponer la menor resistencia. Sólo Augustus permaneció en la situación anterior, aunque se debatió suplicando que, por lo menos, le permitieran el triste consuelo de despedirse de su padre. Los amotinados alcanzaron entonces un puñado de galletas y un cántaro de agua a los del bote, pero no les dieron velas, remos ni brújula. Luego de remolcarlos un rato, durante el cual los amotinados volvieron a consultarse, el bote fue finalmente abandonado. La noche ya había caído y no había ni luna ni estrellas; aunque el viento no era fuerte, el mar estaba bastante agitado. El bote se perdió de vista instantáneamente y poca esperanza cabía abrigar con respecto a las infortunadas víctimas que a su bordo se hallaban. El episodio, empero, había tenido lugar a los 35° 30' de latitud norte y 60° 20' de longitud oeste, no muy lejos, por consiguiente, de las islas Bermudas. Augustus trató de consolarse con la idea de que el bote llegaría acaso a tierra o se acercaría lo bastante como para ser visto por otros barcos.


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