Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias En el paraje más escondido de esta maleza, no lejos del extremo oriental de la isla, o sea, el más distante, Legrand se había construido una pequeña cabaña, que habitaba cuando por primera vez, y de forma simplemente casual, hicimos esta amistad, que pronto acabó por ser íntima, pues había muchas cualidades en el desterrado que atraían el interés y la estimación. Le hallé bien educado, de una singular inteligencia, aunque afectado de misantropía y sujeto a constantes alternativas de entusiasmo y de melancolía. Poseía muchos libros, pero rara vez le vi leer alguno. Sus principales entretenimientos eran la caza y la pesca, o vagar a lo largo de la playa, entre los mirtos, en busca de conchas, o de ejemplares entomológicos; su colección de éstos hubiera podido suscitar la envidia de un Swammerdamm. En estas excursiones habitualmente le acompañaba un sirviente negro, llamado Júpiter, que había sido manumitido antes de los reveses de la familia, pero al que no habían podido convencer, ni con amenazas ni con promesas, a abandonar lo que él consideraba su derecho a seguir los pasos de su joven massa Vill. Su circunstancia me hizo suponer que los parientes de Legrand, juzgando que éste tenía la cabeza algo trastornada, se dedicaran a infundir aquella obstinación en Júpiter, con intención de que vigilase y custodiase al nómada.