Narraciones extraordinarias

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Aunque de muchachos habíamos sido íntimos camaradas, yo conocía en realidad muy poco a mi amigo. Su reserva para conmigo había sido siempre excesiva y habitual. Con todo, yo estaba enterado de que su antiquísima familia había sido notable, desde tiempo inmemorial, por una peculiar sensibilidad de temperamento, que se había desplegado durante largos siglos, en muchas obras de arte superior, y manifestado últimamente en obras de caridad munífica aunque nada ostentosa, así como en apasionada devoción para las intrincadas, tal vez más que para las normales y reconocibles bellezas, de la ciencia musical. Y también había sabido, cosa muy digna de notar, que el tronco de la raza de los Usher, con ser de tan antigua reputación, en ningún período había producido ramas duraderas; dicho de otro modo, que toda su descendencia era por línea directa, y siempre con muy insignificantes y temporarias variaciones, se había perpetuado de aquel modo. Aquella deficiencia, pensaba yo, mientras daba vueltas en mi pensamiento a la perfecta correspondencia del carácter de aquellas posesiones con el atribuido a las personas, y mientras reflexionaba acerca de la posible influencia que el de las unas, en el largo transcurso de los siglos, podía haber ejercido en las otras —aquella deficiencia, tal vez, de sucesión colateral, y la consiguiente, indesviada transmisión, de señor a hijo, del patrimonio junto con el nombre, era lo que a la larga los había identificado hasta el punto de fundir el titulo original de la posesión con el rancio y ambiguo nombre de «Casa de Usher»— nombre que parecía incluir en la intención de los lugareños que lo usaban, a un mismo tiempo la familia y la mansión familiar.


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