Narraciones extraordinarias
Narraciones extraordinarias Y, con todo, yo me proponía entonces pasar unas semanas en aquella lóbrega mansión. Su propietario, Rodrigo Usher, había sido uno de los alegres camaradas de mi adolescencia; pero habian pasado muchos años desde la última vez que nos vimos. Sin embargo, habia recibido últimamente, en una distante región de aquel país, una carta suya, la cual, por su carácter de apremiante insistencia, no admitía sino una respuesta mía en persona. Aquel manuscrito manifestaba claramente grande agitación nerviosa. El que lo escribía hablaba de una enfermedad corporal aguda, de un trastorno mental que lo oprimía, y un vehemente deseo de verme, como a su mejor, y en realidad, único amigo de veras, para ver si con el gozo de mi compañía, hallaba algún alivio a su enfermedad. La manera como todo aquello, y mucho más, estaba dicho —y el modo como se me hacía aquella súplica con todo el corazón— no me daban espacio para vacilar, y en consecuencia, inmediatamente obedecia lo que, sin embargo, seguía pareciéndome singularísimo requerimiento.