Albertina desaparecida
Albertina desaparecida Ciertamente, ese golpe físico que asesta en el corazón una separación semejante y que, por obra del tremendo poder de retención que posee el cuerpo, convierte el dolor en algo contemporáneo a todas las épocas dolorosas de nuestra existencia, ciertamente, ese golpe en el corazón sobre el que acaso especula un poco -hasta tal extremo se es insensible al dolor ajeno- aquella que desea conferir a la añoranza su máxima intensidad, ya porque la mujer fingiendo que se marcha se limita a pedir condiciones mejores, ya porque al marcharse para siempre -¡para siempre!- desea herir, bien por vengarse, bien por seguir siendo amada, bien, con vistas a la calidad del recuerdo que dejará, por romper violentamente esa red de hastíos, de indiferencias que había notado tejerse; ciertamente, ese golpe en el corazón me había prometido a mí mismo evitarlo, convencido de que nos separaríamos bien. Pero es realmente infrecuente separarse bien, pues si estuviera uno bien no se separaría. Y además la mujer a la que mostramos la mayor indiferencia no deja de advertir oscuramente que, al cansarnos de ella, en virtud de una misma costumbre le hemos ido cobrando apego, y piensa que uno de los elementos más esenciales para separarse bien es marcharse avisando al otro. Ahora bien, avisando, teme obstaculizar su marcha. Toda mujer es consciente de que, cuanto mayor es su poder sobre un hombre, el único modo de marcharse es huir. Fugitiva por ser reina, así es. Existe, desde luego, un inconcebible intervalo entre ese hastío que inspiraba hacía un instante y, por el hecho de haberse marchado, la furiosa necesidad de recuperarla. Pero de ello existen razones, fuera de las expuestas en el transcurso de esta obra y de otras que lo serán más adelante. En primer lugar, la marcha sobreviene a menudo en el momento en que la indiferencia -real o creída- alcanza su grado máximo, el punto extremo de la oscilación del péndulo. La mujer piensa: «No, esto así no puede seguir», precisamente porque el hombre no habla más que de abandonarla, o lo piensa, y es ella la que lo abandona. Entonces, al regresar el péndulo a su otro punto extremo, el intervalo es el mayor. En un segundo regresa a ese punto; una vez más, fuera de todas las razones expuestas, es tan natural. El corazón late; y además la mujer que se ha marchado no es ya la misma que la que estaba. Su vida junto a nosotros, demasiado conocida, ve de pronto incorporadas las vidas en las que va a mezclarse, y acaso por mezclarse en ellas nos ha abandonado. De modo que esa riqueza nueva de la mujer ida actúa retroactivamente sobre la mujer que estaba junto a nosotros y quizá premeditaba su marcha. A la serie de hechos psicológicos que podemos deducir y que forman parte de su vida con nosotros, de nuestro hastío demasiado patente hacia ella, de nuestros celos también (y que hace que los hombres que han sido abandonados por varias mujeres lo hayan sido casi siempre del mismo modo, a causa de su carácter y de reacciones siempre idénticas que pueden calcularse: cada cual tiene su modo peculiar de ser traicionado, como tiene su modo de acatarrarse), a esa serie, no demasiado misteriosa para nosotros, correspondía sin duda una serie de hechos que ignorábamos. Debía de llevar algún tiempo manteniendo relaciones escritas, o verbales, o a través de mensajeros, con tal hombre, o tal mujer, aguardando tal señal que quizá habíamos dado nosotros mismos sin saberlo, diciendo: «Vino ayer a verme el señor X», si ella había convenido con el señor X que la víspera del día en que debía reunirse con el señor X, éste se presentaría a vernos. Cuántas hipótesis posibles. Posibles sin más. Construía yo tan bien la verdad, aunque sólo en el ámbito de lo posible, que tras abrir un día por error una carta para una amante mía, carta escrita en estilo convenido y que decía: «Sigo esperando llamada para acudir a casa del marqués de Saint-Loup, avise mañana por teléfono», reconstruí una especie de proyecto de fuga, en el que el nombre del marqués de Saint-Loup figuraba allí significando algo completamente distinto, ya que mi amante no conocía a Saint-Loup, pero me había oído hablar de él, y además la firma era una especie de sobrenombre, sin forma alguna de lenguaje. Pues bien, la carta no iba dirigida a mi amante, sino a una persona de la casa cuyo apellido era distinto pero que había sido mal leído. La carta no estaba redactada en estilo convenido sino en mal francés porque era de una americana, efectivamente amiga de Saint-Loup como supe por éste. Y la forma extraña con que la americana trazaba ciertas letras había hecho parecer sobrenombre un nombre perfectamente real, pero extranjero. Por tanto aquel día me había equivocado de medio a medio en mis sospechas. Pero la armazón intelectual que había relacionado en mi mente aquellos hechos, falsos todos ellos, era por su parte la forma tan exacta, tan inflexible de la verdad que, cuando tres meses más tarde mi amante (que entonces quería pasar toda la vida conmigo) me abandonó, lo hizo de forma absolutamente idéntica a la que imaginara yo la primera vez. Llegó una carta, con las mismas particularidades que yo atribuyera a la primera, pero coincidiendo en este caso con el sentido de la señal.
