Dias de lectura
Dias de lectura Después de comer, reanudaba enseguida la lectura; sobre todo si hacía calor, cada uno subía a su habitación, lo cual me permitía, por la pequeña escalera de peldaños muy juntos, retirarme inmediatamente a la mía, en el único piso tan bajo que habría bastado un pequeño salto desde la ventana para salir a la calle. Yo me dirigía a cerrar la mía sin haber podido esquivar el saludo del armero de enfrente, que con el pretexto de bajar los toldos venía todos los días después de comer a fumarse la pipa delante de su puerta y a saludar a los transeúntes, que a veces se paraban a charlar. Las teorías de William Morris, que han sido constantemente aplicadas por Maple y los decoradores ingleses, decretan que para que una habitación sea hermosa sólo puede contener cosas que nos sean útiles, y que todo lo útil, aunque sea un simple clavo, no debe estar disimulado, sino bien a la vista. Encima de la cama con armazón de cobre y enteramente descubierta, en las paredes desnudas de esos dormitorios higiénicos, algunas reproducciones de obras maestras. A juzgar por los principios de esa estética, mi habitación no era nada hermosa, pues estaba llena de cosas que no servían para nada y que disimulaban púdicamente, hasta hacer que su uso fuera dificilísimo, aquellas que sí servían para algo. Pero justamente de esos objetos que no estaban allí para mi comodidad, sino que parecían haber llegado por su capricho, sacaba mi habitación para mí su belleza. Aquellas altas cortinas blancas que hurtaban a las miradas la cama colocada como al fondo de un santuario; el revoltijo formado por los cubrepiés de muselina, los edredones floreados, los cubrecamas bordados, las fundas de almohadas de batista, bajo el cual desaparecía la cama durante el día, como un altar en el mes de María bajo los festones y las flores, y que, al atardecer, para poder acostarme, depositaba con cuidado en un sillón donde consentían en pasar la noche; junto a la cama, la trinidad formada por el vaso de dibujos azules, el azucarero a juego y la jarra (siempre vacía desde el día siguiente de mi llegada por orden de mi tía, que temía que la «derramase»), una especie de instrumentos de culto —casi tan sagrados como el precioso licor de flor de azahar colocado a su lado en un frasco de cristal— que yo jamás habría creído que me estuviese más permitido profanar ni que me fuese siquiera más posible utilizar para mi uso personal que si hubiesen sido ciborios consagrados, pero que contemplaba largo rato antes de desnudarme, temeroso de tirarlos haciendo algún gesto desmañado; aquellas pequeñas estolas caladas de ganchillo que esparcían sobre el respaldo de los sillones un manto de rosas blancas no carentes seguramente de espinas ya que, cada vez que había terminado de leer y quería levantarme, me daba cuenta de que me había quedado enganchado; aquella campana de cristal bajo la cual, aislado de los contactos vulgares, el reloj charlaba en la intimidad con unas caracolas llegadas de lejos y con una vieja flor sentimental, pero que cuando la levantabas pesaba tanto que, al pararse el reloj, nadie, excepto el relojero, habría sido lo bastante imprudente como para atreverse a darle cuerda; aquel mantel blanco de guipur que, echado como un revestimiento de altar sobre la cómoda adornada con dos jarrones, una imagen del Salvador y un boj bendito, la hacía parecerse a la Santa Mesa (cuya idea contribuía a evocar un reclinatorio, que ponían allí todos los días cuando habían terminado de «hacer el cuarto»), pero cuyas deshiladuras enredadas siempre en la ranura de los cajones los atascaban de tal forma que nunca podía sacar un pañuelo sin hacer caer a la vez la imagen del Salvador, los vasos sagrados, el boj bendito, y sin tropezar yo mismo agarrándome al reclinatorio; aquella triple superposición por último de pequeñas cortinas de etamina, de grandes cortinas de muselina y de cortinas aún mayores de bombasí, siempre sonrientes en su blancura de majuelo expuesto al sol, pero en el fondo irritantes en su torpeza y su empeño en enrollarse a las barras de madera paralelas y en quedar atrapadas unas en otras y todas en la ventana en cuanto yo quería abrirla o cerrarla, estando siempre una segunda dispuesta, si conseguía desprender la primera, a ocupar inmediatamente su lugar en las junturas tan perfectamente tapadas por ellas como lo habrían estado por un arbusto de espino blanco de verdad o por nidos de golondrinas que hubiesen tenido el capricho de instalarse allí, de tal manera que la operación, en apariencia tan sencilla, de abrir o cerrar la ventana, nunca lograba llevarla a cabo sin la ayuda de alguien de la casa; todas aquellas cosas que no sólo no podían responder a ninguna de mis necesidades, sino que incluso entorpecían, ligeramente a decir verdad, su satisfacción, que evidentemente no habían sido puestas allí para serle útiles a nadie, poblaban mi habitación de pensamientos en cierto modo personales, con ese aire de predilección por haber escogido vivir allí y encontrarse a gusto que a menudo tienen en un claro del bosque los árboles y al borde de los caminos o en los viejos muros las flores. La llenaban de una vida silenciosa y diversa, de un misterio dentro del cual mi persona se hallaba a la vez perdida y fascinada; hacían de aquella habitación una especie de capilla donde el sol —cuando atravesaba los pequeños cristales rojos que mi tío había intercalado en lo alto de las ventanas— daba en las paredes, después de haber teñido de rosa el espino albar de las cortinas, unos resplandores tan extraños como si la pequeña capilla hubiese estado encerrada en una nave más grande con vitrales; y donde el ruido de las campanas llegaba con tanto estrépito a causa de la proximidad entre nuestra casa y la iglesia, con la cual además en las grandes fiestas las estaciones sacramentales nos unían con un camino de flores, que podía imaginarme que sonaban en nuestro tejado, justo encima de la ventana desde donde yo muchas veces saludaba al cura con su breviario, a mi tía que volvía de vísperas o al monaguillo que nos traía el pan bendito. En cuanto a la fotografía por Brown de la Primavera de Botticelli o al vaciado de la Mujer desconocida del museo de Lille, que en las paredes y sobre la chimenea de las habitaciones de Maple son la parte concedida por William Morris a la belleza inútil, debo confesar que en mi cuarto estaban sustituidas por una especie de grabado que representaba al príncipe Eugenio, terrible y guapo con su dolmán, y que una noche me sorprendió mucho verlo, en medio de un gran estruendo de locomotoras y granizo, tan terrible y guapo como siempre, en la puerta de una cantina de estación anunciando una especialidad de galletas. Hoy sospecho que mi abuelo lo recibió como obsequio de la munificencia de algún fabricante antes de instalarlo para siempre en mi habitación. Pero entonces no me planteaba su origen, que me parecía histórico y misterioso, y no me imaginaba que pudiera haber varios ejemplares de lo que yo consideraba como una persona, como un habitante permanente del dormitorio que compartía con él y en el cual volvía a encontrarlo cada año, siempre idéntico a sí mismo. Ahora hace mucho que no lo he visto, y supongo que no lo volveré a ver más. Pero si me cupiera esa suerte, creo que tendría muchas más cosas que decirme que la Primavera de Botticelli. Dejo a las personas de buen gusto adornar su casa con la reproducción de obras maestras que admiran y descargar su memoria del cuidado de conservar de ellas una imagen preciosa confiándola a un marco de madera tallada. Dejo que las personas de buen gusto hagan de su habitación la imagen misma de su buen gusto llenándola únicamente de cosas que éste pueda aprobar. En cuanto a mí, sólo siento que estoy vivo y que pienso en una habitación donde todo es producto de la creación y el lenguaje de unas vidas profundamente distintas de la mía, de un gusto opuesto al mío, donde no me reencuentro con nada que tenga que ver con mi pensamiento consciente, donde mi imaginación se exalta sintiéndose inmersa dentro del no-yo; sólo me siento feliz poniendo el pie —en la avenida de la Estación, en el puerto o en la plaza de la Iglesia— en uno de esos hoteles de provincia de largos pasillos fríos donde el viento de fuera lucha con éxito contra los esfuerzos del calorífero, donde el mapa detallado del distrito todavía es el único ornamento de las paredes, donde cada ruido sólo sirve para destacar el silencio desplazándolo, donde las habitaciones conservan un perfume a cerrado que el aire lava, pero no borra, y que la nariz aspira cien veces para llevarlo a la imaginación, que se siente fascinada y lo hace posar como un modelo para intentar recrearlo en ella con todo lo que contiene de pensamientos y recuerdos; donde por la noche, cuando uno abre la puerta de la habitación, tiene la sensación de violar toda la vida que allí ha quedado esparcida, de tomarla intrépidamente de la mano cuando, una vez cerrada la puerta, uno avanza hasta la mesa o hasta la ventana; de sentarse en una especie de libre promiscuidad con ella en el sofá realizado por el tapicero de la capital provincial imitando lo que él creía que era la moda de París; de tocar por doquier la desnudez de esa vida con el propósito de turbarse uno mismo con su propia familiaridad, dejando aquí y allá sus cosas, fingiendo ser el amo en esa habitación llena hasta los topes del alma de los demás y que conserva hasta en la forma de los morillos y el dibujo de las cortinas la impronta de sus sueños, caminando descalzo por su alfombra desconocida; entonces, esa vida secreta, uno tiene la sensación de encerrarla consigo cuando, tembloroso, va a echar el cerrojo; de empujarla hasta la cama y acostarse por fin con ella entre las grandes sábanas blancas que le cubren a uno la cara, mientras, muy cerca, la iglesia va dando para toda la ciudad las horas de insomnio de los moribundos y los enamorados.