Dias de lectura
Dias de lectura No llevaba mucho tiempo leyendo en mi habitación cuando había que ir al parque, a un kilómetro del pueblo. Pero después del juego obligado, yo abreviaba el final de la merienda traída en cestas y distribuida a los niños a orillas del río, sobre la hierba donde el libro había sido depositado con la prohibición de cogerlo todavía. Un poco más lejos, en ciertos parajes bastante agrestes y bastante misteriosos del parque, el río dejaba de ser un agua rectilínea y artificial, cubierta de cisnes y bordeada de alamedas donde sonreían estatuas y donde, por momentos, brincaban las carpas; se precipitaba, cruzaba velocísimo las lindes del parque, se convertía en un río en el sentido geográfico del término —un río que debía tener un nombre— y no tardaba en desparramarse (¿el mismo realmente que entre las estatuas y bajo los cisnes?) entre prados donde dormían bueyes y donde anegaba los botones de oro, especies de praderas que él convertía en pantanosas y que, unidas por un lado al pueblo por unas torres informes, restos decían de la Edad Media, se juntaban por el otro, a través de caminos empinados llenos de escaramujos y espinos blancos, con la «naturaleza», que se extendía hasta el infinito, y con pueblos que tenían otros nombres, lo desconocido. Yo dejaba que los demás terminasen de merendar en la parte baja del parque, junto a los cisnes, y subía corriendo por el laberinto hasta una enramada donde me sentaba, inaccesible, apoyada la espalda en los avellanos podados, viendo el plantío de espárragos, los fresales, la alberca de la que, algunos días, los caballos hacían subir el agua dando vueltas, la puerta blanca que era el «final del parque» por la parte de arriba, y más allá, los campos de acianos y amapolas. En aquella enramada, el silencio era profundo, el riesgo de ser descubierto casi nulo, la seguridad más dulce a causa de los gritos lejanos que, desde abajo, me llamaban en vano, y a veces incluso se acercaban, subían los primeros ribazos, buscando por todas partes, y luego se iban, sin haberme encontrado; entonces cesaban los ruidos; sólo de vez en cuando el sonido áureo de las campanas que a lo lejos, más allá de la llanura, parecían repicar detrás del cielo azul habría podido avisarme del tiempo que iba pasando; pero, sorprendido por su dulzura y turbado por el silencio más profundo que sucedía a las últimas campanadas, no estaba nunca seguro del número de toques. No eran las campanas atronadoras que oíamos al volver al pueblo —cuando nos acercábamos a la iglesia que, de cerca, volvía a recobrar su tamaño destacado y solemne, irguiendo sobre el azul de la tarde su capucha de pizarra donde se posaban los cuervos—, rompiendo el sonido en mil pedazos en la plaza «por los bienes de la tierra». A las lindes del parque sólo llegaban débiles y suaves, y no dirigiéndose a mí, sino a toda la campiña, a todos los pueblos, a los campesinos aislados en su campo, no me obligaban a levantar la cabeza, pasaban cerca de mí, llevando la hora a los países lejanos, sin verme, sin conocerme y sin molestarme.