Dias de lectura
Dias de lectura Y a veces en casa, en la cama, mucho después de cenar, las últimas horas de la tarde también albergaban mi lectura, pero eso sólo los días en que había llegado a los últimos capítulos de un libro, donde ya no quedaba mucho que leer para llegar al final. Entonces, arriesgándome a ser castigado si me descubrían y al insomnio que, una vez terminado el libro, se prolongaría tal vez durante toda la noche, en cuanto mis padres se habían acostado volvía a encender la vela; mientras allí mismo en la calle, entre la casa del armero y correos, bañadas por el silencio, había muchas estrellas en el cielo oscuro y sin embargo azul, y a la izquierda, en el callejón elevado donde empezaba, al girar, el ascenso más empinado, se sentía velar, monstruoso y negro, el ábside de la iglesia cuyas esculturas no dormían por la noche, la iglesia pueblerina y sin embargo histórica, estancia mágica de Dios Nuestro Señor, del pan bendito, de los santos multicolores y de las damas de los castillos de los alrededores que, los días de fiesta, cuando cruzaban el mercado haciendo piar a las gallinas y mirar a las comadres, venían a misa «en sus carruajes», no sin comprar de regreso, en la pastelería de la plaza, justo después de abandonar la sombra del porche donde los fieles, tras empujar la puerta giratoria, dejaban atrás los rubís errantes de la nave, algunos de esos pasteles en forma de torres, protegidos del sol por una cortinilla, —manqués, saint-honorés y génoises—, cuyo olor simplón y azucarado ha quedado mezclado para mí con las campanas de la misa mayor y la alegría de los domingos.