Dias de lectura
Dias de lectura Luego la última página estaba leÃda, el libro se habÃa acabado. HabÃa que detener la carrera desesperada de los ojos y de la voz, que seguÃa sin ruido, parándose solamente para tomar aliento, con un suspiro profundo. Entonces, para conseguir con otros movimientos calmar los tumultos desencadenados en mà desde hacÃa demasiado tiempo, me levantaba y me ponÃa a andar a lo largo de la cama, con los ojos todavÃa fijos en algún punto que en vano hubiéramos buscado dentro de la habitación o fuera de ella pues estaba situado a una distancia anÃmica, una de esas distancias que no se miden por metros o por leguas, como las demás, y que por otra parte es imposible confundir con ellas cuando se mira a los ojos «perdidos» de los que están pensando «en otra cosa». ¿Y entonces? ¿El libro no era más que eso? Aquellos seres a los que habÃamos prestado más atención y ternura que a las personas de carne y hueso, no atreviéndonos nunca a confesar hasta qué punto los amábamos, e incluso cuando nuestros padres nos encontraban leyendo y parecÃan sonreÃr ante nuestra emoción, cerrando el libro, con una indiferencia afectada o un aburrimiento fingido; aquellas personas por las que habÃamos temblado de emoción y sollozado, no las verÃamos nunca más, no sabrÃamos nada más de ellas. Desde hacÃa algunas páginas, ya el autor, en el cruel «EpÃlogo», habÃa tenido buen cuidado de «distanciarlas» con una indiferencia increÃble en quien sabÃa del interés con el cual el lector las habÃa seguido hasta entonces paso a paso. El empleo de cada hora de su vida nos habÃa sido narrado. Luego de pronto: «Veinte años después de estos acontecimientos aún podÃa uno encontrarse en las calles de Fougères[21] con un anciano todavÃa erguido, etc.». Y la boda para entrever la posibilidad deliciosa de la cual se habÃan empleado dos tomos, asustándonos y luego alegrándonos a cada nuevo obstáculo levantado y después allanado, era una frase incidental de un personaje secundario la que nos informaba de que se habÃa celebrado, no sabÃamos exactamente cuándo, en ese asombroso epÃlogo escrito, al parecer, desde lo alto del cielo, por una persona indiferente a nuestras pasiones de un dÃa que habÃa suplantado al autor. Hubiésemos deseado tanto que el libro continuara y, de ser eso imposible, tener otras noticias de todos aquellos personajes, enterarnos de algo de su vida, emplear la nuestra en cosas que no fueran totalmente ajenas al amor que nos habÃan inspirado[22] y cuyo objeto de pronto echábamos en falta, no haber amado en vano, durante una hora, a unos seres que mañana no serÃan más que un nombre en una página olvidada, en un libro sin relación con la vida y acerca de cuyo valor nos habÃamos engañado, ya que su destino en este mundo, ahora lo comprendÃamos y nuestros padres nos lo enseñaban si acaso con una frase desdeñosa, no era en absoluto, como nosotros habÃamos creÃdo, contener el universo y el destino, sino ocupar un lugar muy estrecho en la biblioteca del notario, entre los fastos sin prestigio del Journal des Modes Illustré y La Géographie d’Eure-et-Loir.