Dias de lectura
Dias de lectura Los límites de su papel derivan de la naturaleza de sus virtudes. Y estas virtudes, una vez más recurriré a las lecturas de la infancia para preguntarles en qué consisten. Aquel libro, que hace un momento me habéis visto leer junto al fuego en el comedor, en mi habitación, acurrucado en un sillón con un macasar de ganchillo para apoyar la cabeza, y durante las luminosas horas de la tarde bajo los avellanos y los espinos blancos del parque, donde todos los hálitos de los campos infinitos venían de tan lejos a jugar silenciosamente a mi lado, ofreciendo sin decir palabra a mi nariz distraída el olor de los tréboles y los pipirigallos sobre los cuales mis ojos fatigados a veces se posaban; aquel libro, como vuestros ojos al inclinaros sobre él no podrían descifrar su título a veinte años de distancia, mi memoria, cuya visión es más apropiada para este tipo de percepciones, os dirá cuál era: El capitán Fracasse de Théophile Gautier. Me gustaban sobre todo dos o tres frases que me parecían las más originales y las más hermosas de toda la obra. No podía imaginar que ningún otro autor hubiera escrito jamás otras comparables. Pero tenía la sensación de que su belleza correspondía a una realidad de la cual Théophile Gautier sólo nos dejaba atisbar, una o dos veces en cada volumen, un rinconcito. Y como pensaba que él sin duda la conocía entera, hubiera querido leer otros libros suyos donde todas las frases fueran tan hermosas como aquéllas y tuviesen por objeto las cosas sobre las cuales me habría gustado conocer su opinión. «La risa no es cruel por naturaleza; distingue al hombre de la bestia, y es, como aparece en la Odisea de Homero, poeta greciano, lo propio de los dioses inmortales y bienaventurados, que ríen olímpicamente a sus anchas durante los ocios de la eternidad»[25]. Esta frase me producía una auténtica embriaguez. Creía atisbar una antigüedad maravillosa a través de la Edad Media que sólo Gautier podía revelarme. Pero me habría gustado que, en vez de decir aquello furtivamente, después de la aburrida descripción de un castillo cuyo número excesivo de términos que yo desconocía me impedía imaginarme lo más mínimo, escribiera a lo largo de toda la obra frases de este tipo y me hablase de cosas que una vez terminado el libro pudiese continuar conociendo y amando. Habría querido que me dijese, él, el único sabio poseedor de la verdad, lo que debía pensar exactamente de Shakespeare, de Saintine, de Sófocles, de Eurípides, de Silvio Pellico, que había leído durante un mes de marzo muy frío, pateando al caminar, corriendo por los caminos, cada vez que acababa de cerrar el libro, con la exaltación de la lectura recién terminada, de las fuerzas acumuladas en la inmovilidad y del viento salubre que soplaba en las calles del pueblo. Habría querido sobre todo que me dijese si tenía más oportunidad de llegar a la verdad repitiendo o no el primer curso y haciéndome más tarde diplomático o abogado del Tribunal de Casación. Pero en cuanto había terminado la hermosa frase se ponía a describir una mesa cubierta «de tal capa de polvo que un dedo habría podido escribir encima», algo demasiado insignificante a mis ojos como para poder siquiera retener mi atención; y tan sólo me quedaba preguntarme qué otros libros había escrito Gautier que satisficieran mejor mi aspiración y me hicieran conocer por fin todo su pensamiento.