Dias de lectura
Dias de lectura Y ésta es, en efecto, una de las grandes y maravillosas características de los libros bellos (y que nos hará comprender el papel a la vez esencial y limitado que la lectura puede tener en nuestra vida espiritual), que para el autor podrían llamarse «Conclusiones» y para el lector «Incitaciones». Nos damos perfecta cuenta de que nuestra sabiduría empieza donde la del autor termina, y querríamos que nos diera respuestas, cuando lo único que puede hacer es darnos deseos. Y esos deseos sólo puede despertarlos en nosotros haciéndonos contemplar la belleza suprema que el supremo esfuerzo de su arte le ha permitido alcanzar. Pero a causa de una ley singular y por otra parte providencial de la óptica de las mentes (una ley que tal vez signifique que no podemos recibir la verdad de nadie, y que debemos crearla nosotros mismos), lo que es el término de su sabiduría se nos aparece sólo como el comienzo de la nuestra, de manera que en el momento en que nos han dicho todo lo que podían decirnos es cuando hacen nacer en nosotros la sensación de que aún no nos han dicho nada. Por lo demás, si les hacemos preguntas que no pueden responder, también les pedimos respuestas que no nos aclararían nada. Porque es un efecto del amor que los poetas despiertan en nosotros el hacernos conceder una importancia literal a cosas que para ellos sólo son significativas de emociones personales. En cada cuadro que nos muestran, parecen darnos tan sólo una visión fugaz de un paraje maravilloso, diferente del resto del mundo, y en el corazón del cual desearíamos que nos hiciesen penetrar. «Conducidnos —quisiéramos poder decirles a monsieur Maeterlinck o a madame de Noailles— “al jardín de Zélande donde crecen las flores que ya no están de moda”, por el camino perfumado “de trébol y artemisa” y a todos los lugares de la tierra de los que no nos habéis hablado en vuestros libros, pero que consideráis tan bellos como éstos». Quisiéramos ir a ver ese campo que Millet (porque los pintores nos instruyen igual que los poetas) nos muestra en su Primavera, quisiéramos que monsieur Claude Monet nos llevara a Giverny, a orillas del Sena, a ese recodo del río que nos permite distinguir apenas a través de la niebla matinal. Pero en realidad son simples casualidades de amistad o de parentesco las que, proporcionándoles la ocasión de pasear o residir cerca de ellos, han hecho que madame de Noailles, Maeterlinck, Millet y Claude Monet escogieran para pintarlos ese camino, ese jardín, ese campo, ese recodo del río, y no otros. Lo que nos los hace ver como distintos y más hermosos que el resto del mundo es que llevan como un reflejo intangible la impresión que han producido en el genio, y que veríamos vagar igual de singular y despótica sobre la superficie indiferente y sumisa de todos los paisajes que hubiesen pintado. Esta apariencia con la cual nos seducen y nos decepcionan, y más allá de la cual quisiéramos ir, es la esencia misma de ese algo en cierto modo sin cuerpo —ese espejismo fijado en una tela— que es una visión. Y esta niebla que nuestros ojos ávidos quisieran traspasar es el no va más del arte del pintor. El supremo esfuerzo del escritor, como del artista, sólo alcanza a levantar parcialmente para nosotros el velo de fealdad e insignificancia que nos deja sin curiosidad ante el universo. Entonces, él nos dice: «Mira, mira…