Dias de lectura

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Es sabido que, en determinadas afecciones del sistema nervioso, el enfermo, sin que ninguno de sus órganos esté propiamente alterado, se ve embarrancado en una especie falta de voluntad, como en un atolladero del que no puede salir solo y donde acabará pereciendo si alguien no le tiende una mano poderosa y caritativa. Su cerebro, sus piernas, sus pulmones, su estómago, están intactos. No tiene ninguna incapacidad real para trabajar, caminar, exponerse al frío, comer. Pero esas distintas acciones, que sería muy capaz de realizar, es incapaz de desearlas. Y un decaimiento orgánico que terminaría siendo el equivalente de las enfermedades que no padece sería la consecuencia irremediable de la inercia de su voluntad, si el estímulo que no puede hallar en sí mismo no le viniera de fuera, de un médico que decida en su lugar hasta el día en que se hayan rehabilitado poco a poco sus facultades orgánicas. Ahora bien, existen ciertas mentes que podríamos comparar con esos enfermos y a las que una especie de pereza[26] o frivolidad impide bajar espontáneamente a las regiones profundas de uno mismo, donde empieza la verdadera vida del espíritu. No es que una vez que las han conducido hasta ellas no sean capaces de descubrir y explotar verdaderas riquezas, pero, sin esa intervención ajena, viven en la superficie perpetuamente olvidadas de sí mismas, en una especie de pasividad que las convierte en juguete de todos los placeres, las reduce a la estatura de quienes las rodean y las agitan, e, igual que aquel gentilhombre que, habiendo compartido desde la infancia la vida de los salteadores de caminos, ya no recordaba su nombre de tanto tiempo como llevaba sin usarlo, acabarían aboliendo en ellas todo sentimiento y todo recuerdo de su nobleza espiritual, si un impulso externo no las reintrodujera en cierto modo por la fuerza en la vida del espíritu, donde recuperan súbitamente la capacidad de pensar por sí mismas y de crear. Pero ese estímulo que la mente perezosa no puede hallar en sí misma y que debe venirle de fuera, está claro que debe recibirlo en el seno de la soledad, fuera de la cual, como hemos visto, no puede producirse esa actividad creadora que se trata justamente de resucitar. De la pura soledad la mente perezosa no podría sacar nada, puesto que es incapaz de poner ella misma en marcha su actividad creativa. Pero la conversación más elevada y los consejos más apremiantes tampoco le servirían de nada, puesto que esa actividad original no pueden producirla ellos directamente. Lo que hace falta, pues, es una intervención que, aun viniendo de otro, se produzca en el fondo de nosotros mismos, un estímulo de otra mente, sí, pero recibido en la soledad. Y ya hemos visto que ésa era precisamente la definición de la lectura, y que sólo a la lectura le correspondía. La única disciplina que puede ejercer una influencia favorable sobre esas mentes es por lo tanto la lectura: como queríamos demostrar, que dirían los matemáticos. Pero, también aquí, la lectura sólo actúa como una incitación y no puede en modo alguno sustituir nuestra actividad personal; se conforma con devolvernos el uso de ella, igual que en las afecciones nerviosas a las que aludíamos hace un momento el psicoterapeuta no hace sino restituir al enfermo la voluntad de usar su estómago, sus piernas o su cerebro, que están intactos. Ya sea porque todas las mentes participan más o menos de esa pereza, de ese estancamiento en los niveles bajos; ya sea porque, aun sin necesitarla, la exaltación originada por ciertas lecturas tiene una influencia propicia sobre el trabajo personal, lo cierto es que sabemos de más de un escritor que tenga por costumbre leer una hermosa página antes de ponerse a trabajar. Emerson raras veces se ponía a escribir sin releer unas páginas de Platón. Y Dante no es el único poeta al que Virgilio ha conducido hasta el umbral del paraíso.


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