Dias de lectura

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Sin duda, la amistad, la amistad referida a los individuos, es algo frívolo, y la lectura es una amistad. Pero por lo menos es una amistad sincera, y el hecho de que vaya dirigida a un muerto, a un ausente, le confiere algo desinteresado, casi conmovedor. Es además una amistad desprovista de todo lo que constituye la fealdad de las otras. Como nosotros todos, los vivos, no somos más que muertos que aún no han entrado en funciones, todas esas cortesías, todas esas reverencias en el vestíbulo que llamamos deferencia, gratitud, abnegación, y en las que mezclamos tantas mentiras, son estériles y fastidiosas. Además —desde las primeras relaciones de simpatía, de admiración y de gratitud—, las primeras palabras que pronunciamos, las primeras cartas que escribimos, tejen a nuestro alrededor los primeros entramados de unos hábitos y de una forma de ser de la cual no podremos desembarazarnos en las amistades ulteriores; sin contar que durante ese tiempo las palabras excesivas que hayamos pronunciado permanecen como letras de cambio que debemos pagar, o que pagaremos más caras aún durante toda la vida con el remordimiento de haberlas dejado protestar. En la lectura, la amistad a veces recupera su pureza original. Con los libros, no hay amabilidad. Estos amigos, si pasamos la velada con ellos, es porque realmente nos apetece. De ellos al menos nos separamos a menudo a nuestro pesar. Y cuando los hemos dejado, no hay ni sombra de esos pensamientos que suelen empañar la amistad: «¿Qué habrán pensado de nosotros? ¿Habremos sido poco delicados? ¿Les habremos gustado?»; ni miedo de que nos olviden y prefieran a otros. Todas esas agitaciones de la amistad se desvanecen en el umbral de esta amistad más pura y tranquila que es la lectura. Tampoco hay que mostrar deferencia; reímos de lo que dice Molière en la medida exacta en que nos parece gracioso; cuando nos aburre no tememos mostrar nuestro aburrimiento, y cuando nos cansamos de estar en su compañía lo devolvemos a su sitio sin miramientos, sin importarnos su genio ni su celebridad. La atmósfera de esta amistad pura es el silencio, más puro que la palabra. Porque hablamos para los demás, pero nos callamos cuando estamos solos. Por eso el silencio no lleva, como la palabra, la impronta de nuestros defectos, de nuestras muecas. Es puro, es realmente una atmósfera. Entre el pensamiento del autor y el nuestro no interpone esos elementos irreductibles, refractarios al pensamiento, de nuestros diferentes egoísmos. El lenguaje mismo del libro es puro (si el libro merece este nombre), el pensamiento del autor lo ha hecho transparente retirando todo lo que no era él mismo hasta convertirlo en su imagen fiel; cada frase, en el fondo, se parece a las demás, pues todas están dichas con la inflexión única de una personalidad; de ahí esa especie de continuidad, que las relaciones de la vida y aquellos elementos extraños que se mezclan con el pensamiento excluyen, permitiendo enseguida seguir la línea misma del pensamiento del autor, los rasgos de su fisonomía que se reflejan en ese espejo tranquilo. A veces nos encontramos a gusto en su compañía sin necesidad de que sean admirables, pues supone un gran placer para el espíritu contemplar esas pinturas profundas y profesarles una amistad sin egoísmos, sin frases hechas, desinteresada. Un Gautier, que no es más que un buen chico con un gusto exquisito (nos divierte pensar que hayamos podido considerarle como el representante de la perfección en el arte), nos gusta así. No nos exageramos su fuerza espiritual, y en su Viaje a España, donde cada frase, sin que él lo sospeche, acentúa y prolonga el rasgo gracioso y alegre de su personalidad (pues las palabras se ordenan ellas mismas para dibujarla, porque es ella la que las ha escogido y dispuesto en ese orden), no podemos dejar de considerar ajena al arte verdadero esa obligación que impone de no dejar pasar ni una sola forma sin describirla exhaustivamente y acompañarla de una comparación que, al no haber nacido de ninguna impresión agradable y fuerte, no nos seduce en absoluto. No podemos por menos que acusar la lamentable esterilidad de su imaginación cuando compara el campo y sus cultivos variados «con esos patrones de los sastres donde se pegan las muestras de pantalones y chalecos» y cuando dice que de París a Angulema no hay nada que admirar. Y sonreímos con condescendencia al pensar que ese gótico ferviente ni siquiera se ha tomado la molestia en Chartres de visitar la catedral[31].


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