Dias de lectura

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¡Pero qué buen humor, qué buen gusto! ¡De qué buena gana acompañamos en sus aventuras a este compañero tan lleno de entusiasmo! Es tan simpático que hace simpático todo lo que le rodea. Y tras los pocos días que pasa con el comandante Lebarbier de Tinan, retenido por la tempestad a bordo de su hermoso bajel «resplandeciente como el oro», nos entristece que no nos diga ni una palabra más de ese simpático marino y nos lo haga abandonar para siempre sin saber qué ha sido de él[32]. Ya nos damos cuenta de que su jocosa verborrea y sus melancolías forman parte de sus hábitos un poco desaliñados de periodista. Pero le perdonamos todo eso, hacemos lo que él quiere, nos divertimos cuando vuelve calado hasta los huesos, muerto de hambre y de sueño, y nos entristecemos cuando recapitula con una tristeza de folletinista los nombres de sus compañeros de generación muertos prematuramente. Decíamos acerca de él que sus frases dibujaban su fisonomía, pero sin que él se diera cuenta; pues si las palabras son escogidas, no ya por nuestro pensamiento según las afinidades de su esencia, sino por nuestro deseo de retratarnos, él representa este deseo y no nos representa a nosotros. Fromentin y Musset, pese a sus grandes dotes, como han querido dejar su retrato a la posteridad, lo han pintado muy mediocre; pero nos interesan infinitamente por eso mismo, pues su fracaso es instructivo. De manera que cuando un libro no es el espejo de una individualidad poderosa, por lo menos es el espejo de unos defectos curiosos de la mente. Al leer un libro de Fromentin o un libro de Musset, vemos en el fondo del primero lo que tiene de corta y necia una determinada «distinción», y en el fondo del segundo, lo que tiene de vacía la elocuencia.


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