Dias de lectura
Dias de lectura Es más, no son sólo las frases las que dibujan a nuestros ojos las formas del alma antigua. Entre las frases —y pienso en libros muy antiguos que originariamente se recitaban—, en el intervalo que las separa se conserva todavÃa hoy, como en un hipogeo inviolado, llenando los intersticios, un silencio varias veces secular. A menudo en el Evangelio de San Lucas, al toparme con los dos puntos que lo interrumpen antes de cada uno de los fragmentos casi en forma de cánticos de los que está sembrado[38], he oÃdo el silencio del creyente que acababa de detener su lectura en voz alta para entonar los versÃculos siguientes como un salmo[39] que le recordara los salmos más antiguos de la Biblia. Este silencio llenaba todavÃa la pausa de la frase que, habiéndose escindido para incluirla, habÃa conservado su forma; y más de una vez, mientras leÃa, me aportó el perfume de una rosa que la brisa entrando por la ventana abierta habÃa esparcido por la sala capitular donde se celebraba asamblea y que no se habÃa evaporado desde hacÃa casi dos mil años. La divina comedia y los dramas de Shakespeare también dan la impresión de contemplar, insertos en la actualidad, algo del pasado; esa impresión tan exaltante que hace que ciertas «Jornadas de lectura» se asemejen a jornadas de paseos por Venecia, por la Piazzeta, por ejemplo, cuando uno tiene delante, con su color medio irreal de objetos situados a cuatro pasos y a muchos siglos de distancia, las dos columnas de granito gris y rosa que llevan en sus capiteles, una el león de San Marcos y la otra a San Teodoro pisoteando al cocodrilo; esas dos bellas y esbeltas extranjeras llegaron antaño de Oriente por el mar que rompe a sus pies; sin comprender las frases intercambiadas a su alrededor, ellas siguen perpetuando sus dÃas del siglo XII en medio de la muchedumbre de hoy, en esa plaza pública donde brilla todavÃa distraÃdamente, muy cerca, su sonrisa lejana.