Dias de lectura

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Una tragedia de Racine o un volumen de las Memorias de Saint-Simon son como objetos hermosos que ya no se fabrican. El lenguaje en el cual han sido esculpidos por grandes artistas con una libertad que hace brillar su delicadeza y resalta su fuerza innata nos emociona como la visión de ciertos mármoles, hoy inusitados, que empleaban los obreros de antaño. Sin duda en uno de esos edificios viejos la piedra ha guardado fielmente el pensamiento del escultor, pero también, gracias al escultor, la piedra, de una especie hoy desconocida, se nos ha conservado, revestida de todos los colores que el escultor supo sacar de ella, descubrir y armonizar. Es justamente la sintaxis viva en Francia en el siglo XVII —y en ella unas costumbres y una forma de pensar desaparecidas— lo que nos gusta encontrar en los versos de Racine. Son las formas mismas de esa sintaxis, desveladas, respetadas y embellecidas por su cincel tan franco y delicado, las que nos emocionan en esos giros de lenguaje coloquiales hasta la singularidad y la audacia[37] y de ellas vemos, en los fragmentos más dulces y más tiernos, pasar como un trazo rápido o volver atrás en bellas líneas quebradas, el brusco perfil. Son esas formas obsoletas tomadas de la vida misma del pasado las que contemplamos en la obra de Racine como en una ciudad antigua que ha permanecido intacta. Sentimos ante ellas la misma emoción que ante esas formas también abolidas de la arquitectura, que ya sólo podemos admirar en los escasos y magníficos ejemplares que nos ha legado el pasado que los fabricó: como las viejas murallas de las ciudades, los torreones y las almenas, los baptisterios de las iglesias; como cerca del claustro, o bajo el osario del Atrio, el pequeño cementerio que olvida al sol, bajo sus mariposas y sus flores, la Fuente funeraria y el Farol de los muertos.


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