Dias de lectura

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Pero hay otra causa a la cual prefiero atribuir esta predilección que sienten las mentes más ilustres por las obras antiguas[36]. Y es que para nosotros no sólo tienen, como las obras contemporáneas, la belleza que supo poner en ellas la mente que las creó. Reciben otra más emocionante aún, y es que su materia misma, quiero decir la lengua en la que fueron escritas, es como un espejo de la vida. Un poco de la felicidad que sentimos al pasear por una ciudad como Beaune, que conserva intacto su hospital del siglo XV, con su pozo, su lavadero, su bóveda artesonada y pintada, su tejado de aguilones horadados por ojos de buey y rematados por estilizadas espigas de plomo repujado (todas esas cosas que una época al desaparecer ha dejado allí como olvidadas, todas esas cosas que eran propias suyas, puesto que ninguna de las épocas posteriores las ha visto nacer iguales), todavía sentimos algo de esa felicidad al pasear por una tragedia de Racine o un tomo de Saint-Simon. Porque contienen todas las bellas formas de lenguaje abolidas que guardan el recuerdo de usos o de maneras de sentir que ya no existen, huellas persistentes del pasado a las que nada del presente se parece y cuyo color sólo el tiempo, al pasar por ellas, ha podido embellecer.




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