Dias de lectura
Dias de lectura Asà que es mejor no recibir a nadie, y como no podemos pasar el dÃa al teléfono, leemos. Sólo leemos como último recurso. Primero llamamos mucho por teléfono. Y como somos niños que juegan con las fuerzas sagradas sin estremecernos ante su misterio, sólo vemos del teléfono que «es cómodo», o más bien, como somos niños mimados, que «no es muy cómodo», mandamos queja tras queja a Le Figaro, pues no nos parece lo bastante rápida en sus cambios la magia admirable que necesita unos minutos antes de hacer aparecer junto a nosotros, invisible pero presente, a la amiga con la que querÃamos hablar y que, aunque sigue sentada a la mesa en la ciudad lejana en la que reside, bajo cielos diferentes de los nuestros, con un clima que no es el que nos rodea, entre circunstancias y preocupaciones que ignoramos y que ahora nos va a relatar, de repente se ve transportada a cien leguas (ella y todo el entorno en el que está inmersa) contra nuestro oÃdo, a donde la ha convocado nuestro capricho. Y somos como el personaje de cuento de hadas ante el que un mago, obedeciendo a sus deseos, hace aparecer bajo una luz mágica a su amada hojeando un libro, llorando o recogiendo flores, muy cerca de él y sin embargo muy lejos, en el lugar en el que se encuentre.