La fugitiva

La fugitiva

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Cierto es que ignoramos la sensibilidad particular de todas las personas, pero por lo general ni siquiera sabemos que es así, pues esa sensibilidad de los demás nos resulta indiferente. Por lo que se refiere a Albertine, mi desdicha o mi felicidad habría dependido de cuál fuera dicha sensibilidad; yo sabía perfectamente que la desconocía y ya eso me resultaba doloroso. Una vez tuve la ilusión de ver y otra la de oír los deseos, los placeres desconocidos, que sentía Albertine, de verlos, cuando, algún tiempo después de la muerte de Albertine, vino Andrée a mi casa. Por primera vez me pareció hermosa, me decía yo que seguramente aquel pelo casi rizado, aquellos ojos obscuros y ojerosos eran lo que tanto había gustado a Albertine, la materialización delante de mí de lo que entrañaba su ensoñación amorosa, de lo que veía mediante las miradas anticipadoras del deseo el día en que había querido volver tan precipitadamente de Balbec. Como una obscura flor desconocida, que me trajeran de allende la tumba, de una persona en la que no había podido yo descubrirla, me parecía ver ante mí —exhumación inesperada de una reliquia inestimable— el deseo encarnado de Albertine que Andrée era para mí, así como Venus era el deseo de Júpiter. Andrée añoraba a Albertine, pero yo tuve la sensación inmediata de que su amiga no la echaba de menos. Alejada por fuerza de su amiga por la muerte, parecía haberse resignado fácilmente a una separación definitiva que yo no me habría atrevido a pedirle cuando Albertine estaba viva, pues habría temido enormemente no obtener su consentimiento. En cambio, parecía aceptar sin dificultad aquella renuncia, pero precisamente en el momento en que ya no podía servirme. Andrée me entregaba a Albertine, pero muerta, y tras haber perdido para mí no sólo su vida, sino también, retrospectivamente, un poco de su realidad, al ver yo que no era indispensable, única, para Andrée, quien había podido substituirla por otras.


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