La fugitiva
La fugitiva Pero no me habrĂa gustado saber sĂłlo con quĂ© mujer habĂa pasado aquella noche, sino quĂ© placer particular representaba para ella, lo que sentĂa en aquel momento. A veces en Balbec, Françoise, tras ir a buscarla, me habĂa dicho que la habĂa encontrado asomada a la ventana, con expresiĂłn preocupada, que buscaba algo, como si esperara a alguien. Supongamos que descubriese yo que la joven esperada era AndrĂ©e, Âżcuál era el estado de ánimo en que Albertine la esperaba, aquel estado de ánimo oculto tras la mirada inquieta y que algo buscaba? ÂżQuĂ© importancia tenĂa aquel placer para Albertine? ÂżQuĂ© lugar ocupaba en sus preocupaciones? Al recordar mis propias agitaciones, siempre que me habĂa fijado en una muchacha que me gustaba, a veces sĂłlo cuando habĂa oĂdo hablar de ella sin haberla visto, mi interĂ©s por resaltar mi atractivo, mis sudores frĂos, bastaba —para torturarme— que imaginara esa misma emociĂłn voluptuosa en Albertine, como —gracias al aparato cuya invenciĂłn habĂa deseado mi tĂa LĂ©onie despuĂ©s de la visita de determinado facultativo que se habĂa mostrado escĂ©ptico ante la realidad de su enfermedad— se habrĂa podido hacer experimentar al mĂ©dico —para que se enterara bien— todos los sufrimientos de su enfermo. Y ya era suficiente para torturarme, para decirme que, en comparaciĂłn con aquello, las conversaciones serias conmigo sobre Stendhal y Victor Hugo debĂan de haber tenido muy poca importancia para ella, para sentir su corazĂłn atraĂdo por otras personas, separarse del mĂo, encarnarse en otro lugar, pero la propia importancia que aquel deseo debĂa de tener para ella y las reservas que se formaban en torno a Ă©l no podĂan revelarme lo que era cualitativamente y, menos aĂşn, cĂłmo lo calificaba ella cuando se hablaba a sĂ misma. En el caso del sufrimiento fĂsico, al menos no tenemos que elegir nosotros mismos nuestro dolor. La enfermedad lo determina y nos lo impone, pero en el de los celos tenemos que probar, en cierto modo, sufrimientos de todo tipo y de todas las dimensiones, antes de detenernos ante el que parece poder convenirnos, ¡y quĂ© dificultad tanto mayor cuando se trata de un sufrimiento como Ă©ste, el de sentir a aquella a la que amábamos experimentando placer con personas distintas de nosotros, experimentando sensaciones que nosotros no podemos ofrecerle o que al menos —por su configuraciĂłn, su imagen, sus actitudes— representa algo totalmente distinto de nosotros! ¡Ah! ¡Cuánto mejor habrĂa sido que Albertine hubiera amado a Saint-Loup! ¡Cuánto menos —me parece— habrĂa yo sufrido!