La fugitiva

La fugitiva

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Pero no me habría gustado saber sólo con qué mujer había pasado aquella noche, sino qué placer particular representaba para ella, lo que sentía en aquel momento. A veces en Balbec, Françoise, tras ir a buscarla, me había dicho que la había encontrado asomada a la ventana, con expresión preocupada, que buscaba algo, como si esperara a alguien. Supongamos que descubriese yo que la joven esperada era Andrée, ¿cuál era el estado de ánimo en que Albertine la esperaba, aquel estado de ánimo oculto tras la mirada inquieta y que algo buscaba? ¿Qué importancia tenía aquel placer para Albertine? ¿Qué lugar ocupaba en sus preocupaciones? Al recordar mis propias agitaciones, siempre que me había fijado en una muchacha que me gustaba, a veces sólo cuando había oído hablar de ella sin haberla visto, mi interés por resaltar mi atractivo, mis sudores fríos, bastaba —para torturarme— que imaginara esa misma emoción voluptuosa en Albertine, como —gracias al aparato cuya invención había deseado mi tía Léonie después de la visita de determinado facultativo que se había mostrado escéptico ante la realidad de su enfermedad— se habría podido hacer experimentar al médico —para que se enterara bien— todos los sufrimientos de su enfermo. Y ya era suficiente para torturarme, para decirme que, en comparación con aquello, las conversaciones serias conmigo sobre Stendhal y Victor Hugo debían de haber tenido muy poca importancia para ella, para sentir su corazón atraído por otras personas, separarse del mío, encarnarse en otro lugar, pero la propia importancia que aquel deseo debía de tener para ella y las reservas que se formaban en torno a él no podían revelarme lo que era cualitativamente y, menos aún, cómo lo calificaba ella cuando se hablaba a sí misma. En el caso del sufrimiento físico, al menos no tenemos que elegir nosotros mismos nuestro dolor. La enfermedad lo determina y nos lo impone, pero en el de los celos tenemos que probar, en cierto modo, sufrimientos de todo tipo y de todas las dimensiones, antes de detenernos ante el que parece poder convenirnos, ¡y qué dificultad tanto mayor cuando se trata de un sufrimiento como éste, el de sentir a aquella a la que amábamos experimentando placer con personas distintas de nosotros, experimentando sensaciones que nosotros no podemos ofrecerle o que al menos —por su configuración, su imagen, sus actitudes— representa algo totalmente distinto de nosotros! ¡Ah! ¡Cuánto mejor habría sido que Albertine hubiera amado a Saint-Loup! ¡Cuánto menos —me parece— habría yo sufrido!


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker