La fugitiva

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Seguramente un caso como el de las Buttes-Chaumont, que en su momento me había parecido fútil, era en sí mismo mucho menos grave, menos decisivo contra Albertine que la historia de la duquesa o de la lavandera, pero, ante todo, un recuerdo que nos llega fortuitamente encuentra en nosotros una capacidad intacta para imaginar —es decir, en este caso para sufrir— que hemos utilizado en parte, cuando hemos sido nosotros, en cambio, quienes hemos aplicado voluntariamente nuestro entendimiento para recrear un recuerdo, y, además, es que a estos últimos (la duquesa, la lavandera) —siempre presentes, aunque desdibujados en mi memoria, como esos muebles situados en la penumbra de una galería y con los que, sin distinguirlos, procuramos no chocar— ya me había acostumbrado. En cambio, hacía mucho que no había pensado en las Buttes-Chaumont o, por ejemplo, en la mirada de Albertine en el espejo del casino de Balbec o en la mirada inexplicada de Albertine la noche en que yo la había esperado tanto después de la velada de Guermantes, todas aquellas partes de su vida que permanecían fuera de mi corazón y que me habría gustado conocer para que pudiesen asimilarlo, anexionarlo, reunirse con los recuerdos más dulces que formaba en él una Albertine interior y de verdad poseída. Al levantar un ángulo del velo de la costumbre (la embrutecedora costumbre que, durante toda nuestra vida, nos oculta casi todo el universo y en una noche profunda substituye, bajo su etiqueta invariable, los venenos más peligrosos o más embriagadores de la vida por algo anodino que no brinda delicias), volvían hasta mí como el primer día, con la fresca y penetrante novedad de una estación que reaparece, de un cambio en la rutina de nuestras horas, que también en la esfera de los placeres —si montamos en coche un primer día hermoso de primavera o salimos de casa a la salida del sol— nos hacen notar nuestras acciones insignificantes con una exaltación lúcida gracias a la cual ese intenso minuto prevalece sobre el total de los días anteriores. Los días antiguos van cubriendo poco a poco los anteriores y quedan, a su vez, sepultados bajo los siguientes, pero cada uno de los antiguos ha quedado depositado en nosotros como en una biblioteca inmensa en la que hay ejemplares antiquísimos y que seguramente nadie irá a pedir. Sin embargo, si ese día antiguo, tras atravesar la translucidez de las épocas siguientes, vuelve a subir a la superficie, nos invade y nos cubre completamente, los nombres recuperan por un momento su antiguo significado, las personas su antiguo rostro y nosotros nuestra alma de entonces y sentimos —con un sufrimiento vago, pero ya soportable y que no durará— los problemas que tanto nos angustiaban entonces y ya insolubles desde hace mucho. Nuestro yo está compuesto de la superposición de nuestros estados sucesivos, pero ésta no es inmutable como la estratificación de una montaña. Perpetuamente hay elevaciones que hacen aflorar capas antiguas a la superficie. Volvía yo a encontrarme esperando la llegada de Albertine tras la velada en casa de la princesa de Guermantes. ¿Qué habría hecho aquella noche? ¿Me habría engañado? ¿Con quién? Las revelaciones de Aimé, aunque las aceptara, no reducían en nada para mí el interés ansioso, desolado, de esa pregunta inesperada, como si cada Albertine diferente, cada recuerdo nuevo, planteara un problema de celos particular al que no pudieran aplicarse las soluciones de los demás.


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