La fugitiva
La fugitiva A veces intentaba coger los periódicos, pero su lectura me resultaba odiosa y, además, es que no es inofensiva. En efecto, en nosotros de cada una de las ideas, como de una encrucijada, parten tantas rutas diferentes, que en el momento en que menos me lo esperaba me encontraba ante un nuevo recuerdo. El título de la melodía de Fauré, El secreto, me había conducido al Secreto del rey del duque de Broglie y el nombre de éste al de Chaumont o bien la expresión «Viernes Santo» me había hecho pensar en el Gólgota y éste en su etimología, que parece el equivalente de Calvus mons, Chaumont, pero, fuera cual fuese el camino por el que hubiera yo llegado a esa ciudad, en aquel momento me sentía presa de una conmoción tan cruel, que en adelante pensaba mucho más en protegerme contra el dolor que en pedirle recuerdos. Unos instantes después de la conmoción, la inteligencia, que, como el sonido del trueno, no viaja tan deprisa, me facilitaba el motivo. Chaumont me había hecho pensar en las Buttes-Chaumont, adonde, según me había dicho la Sra. Bontemps, iba Andrée a menudo con Albertine, mientras que ésta me había dicho no haber estado nunca allí. A partir de cierta edad, nuestros recuerdos están tan entrecruzados unos con otros, que la cosa en la que pensamos, el libro que leemos, carece casi de importancia. Hemos puesto parte de nosotros mismos por doquier, todo es fecundo, todo es peligroso y podemos hacer descubrimientos tan preciosos en los Pensamientos de Pascal como en un anuncio de jabón.