La fugitiva

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Por lo demás, no hacía falta que una palabra —como, por ejemplo, Chaumont (e incluso una sílaba común a dos nombres diferentes bastaba a mi memoria —como a un electricista que se contenta con el menor cuerpo buen conductor— para restablecer el contacto entre Albertine y mi corazón)— se refiriera a una sospecha para que la despertara, para ser la contraseña, el mágico Sésamo, que entreabría la puerta de un pasado ya vano, porque, de tanto haberlo visto, había dejado, literalmente, de poseerlo, me había visto privado de él, había creído que mediante esa ablación había cambiado mi propia personalidad en su forma, como una figura que perdiera, junto con un ángulo, un lado; ciertas frases, por ejemplo, en las que figuraba el nombre de una calle, de un camino por el que Albertine podía haber pasado, bastaban para encarnar unos celos virtuales, inexistentes, en busca de un cuerpo, de una morada, de alguna fijación material, de alguna realización particular. Con frecuencia era simplemente durante el sueño cuando esas «reanudaciones», esos da capo del sueño, que pasaban de una vez varias páginas de la memoria, varias hojas del calendario, me hacían volver, retroceder, hasta una impresión dolorosa, pero antigua, que desde hacía mucho había cedido el lugar a otras y volvía a estar presente. Por lo general, iba acompañada de toda una puesta en escena torpe, pero sorprendente, que, al crearme una falsa ilusión, ponía ante mis ojos, hacía oír a mis oídos, lo que en adelante databa de aquella noche. Por lo demás, ¿acaso no ocupa el sueño, en la historia de un amor y sus luchas contra el olvido, un lugar mayor incluso que la víspera, al no tener en cuenta las divisiones infinitesimales del tiempo, suprimir las transiciones, oponer los grandes contrastes, deshacer en un instante la labor de consuelo tan lentamente elaborado durante el día y facilitarnos, por la noche, un encuentro con aquella a la que habríamos acabado olvidando, si bien con la condición de no volver a verla? Pues, digan lo que digan, en sueños podemos tener perfectamente la impresión de que lo que en ellos ocurre es real. Sólo resultaría imposible por razones procedentes de nuestra experiencia de la víspera y que en ese momento se nos oculta. De modo, que esa vida inverosímil nos parece verdadera. A veces, por un defecto de la iluminación interior, que hacía desaparecer, traidor, el cuarto, al infundirme mis recuerdos, bien escenificados, una falsa ilusión de vida, creía en verdad haber dado una cita a Albertine, volver a encontrarla, pero entonces me sentía incapaz de dirigirme hacia ella, de proferir las palabras que quería decirle, de encender de nuevo, para verla, el candelabro que se había apagado: imposibilidades que eran simplemente en mi sueño la inmovilidad, el mutismo, la ceguera del durmiente, así como vemos bruscamente, en la proyección defectuosa de una linterna mágica, una gran sombra —la de la linterna misma o la del operador, debería estar oculta— borrar la silueta de los personajes. Otras veces, Albertine se encontraba en mi sueño y quería de nuevo abandonarme, sin que su resolución lograra emocionarme. Es que de mi memoria había podido filtrarse en la obscuridad de mi sueño un rayo avisador y lo que —alojado en Albertine— quitaba a sus actos futuros, a la marcha que anunciaba, toda importancia era la idea de que estaba muerta, pero ese recuerdo, con frecuencia más claro incluso, de que Albertine estaba muerta se combinaba, sin destruirla, con la sensación de que estaba viva. Mientras yo hablaba con ella, mi abuela iba y venía en el fondo de la habitación. Una parte de su barbilla había caído hecha añicos como un mármol roído, pero no me parecía nada extraordinario. Decía yo a Albertine que tenía preguntas que hacerle sobre el establecimiento de las duchas de Balbec y cierta lavandera de Turena, pero lo dejaba para más adelante, puesto que disponíamos de todo el tiempo del mundo y nada apremiaba. Me juraba que no hacía nada malo y que la víspera simplemente había besado en los labios a la Srta. Vinteuil. «¡Cómo! ¿Está aquí?». «Sí y, además, ya es hora de despedirme de ti, pues tengo que ir a verla ahora». Y, como desde que Albertine había muerto yo ya no la tenía presa en mi casa, como en los últimos tiempos de su vida, su visita a la Srta. Vinteuil me inquietaba. Yo no quería transparentarlo, Albertine me decía que lo único que había hecho había sido besarla, pero debía de empezar de nuevo a mentir, como en la época en que lo negaba todo. En aquella ocasión probablemente no se contentaría sólo con besar a la Srta. Vinteuil. Seguramente, desde cierto punto de vista yo no tenía motivos para inquietarme así, ya que, según dicen, los muertos no pueden sentir nada, hacer nada. Eso dicen, pero eso no impedía que mi abuela, que estaba muerta, siguiera viviendo desde hacía varios años y en aquel momento iba y venía por la habitación y seguramente, una vez que me hubiese yo despertado, aquella idea de una muerta que seguía viviendo debería haberme resultado tan imposible de entender como de explicar, pero la había concebido ya tantas veces, a lo largo de aquellos pasajeros períodos de locura que son nuestros sueños, que había acabado familiarizándome con ella; la memoria de los sueños puede volverse duradera, si se repiten con bastante frecuencia, y me imagino que, aunque hoy esté curado y haya recuperado la cordura, aquel hombre que, para explicar a unos visitantes de un hospital de alienados que él, por su parte, no había perdido la razón, pese a lo que afirmaba el doctor, avisaba con su sana mentalidad sobre las locas quimeras de cada uno de los enfermos y concluía así: «Así, el que tiene un aspecto parecido al de todo el mundo no les parecía loco, pero lo está, porque se cree Jesucristo, cosa imposible, ¡porque Jesucristo soy yo!», debe de comprender un poco mejor que los demás lo que quería decir durante un período —pese a ser ya cosa del pasado— de su vida mental. Y, mucho después de que hubiera acabado mi sueño, yo seguía atormentado por aquel beso que, según me había dicho con palabras que me parecía oír aún —y, en efecto, debían de haber pasado muy cerca de mis oídos, ya que había sido yo mismo quien las había pronunciado—, había dado Albertine. Durante todo el día seguía hablando con Albertine, preguntándole, la perdonaba, reparaba el olvido de cosas que siempre había querido decirle, mientras vivía, y de repente me sentía aterrado al pensar que ninguna realidad correspondía ya a la persona evocada por la memoria, a quien se dirigían todas aquellas palabras, que estaban destruidas las diferentes partes del rostro a las que tan sólo el empuje continuo de la voluntad de vivir, hoy aniquilada, había atribuido la unidad de una persona. Otras veces, sin haber soñado, en cuanto me despertaba, sentía que el viento había cambiado de dirección en mí; soplaba frío y constante en otra dirección procedente del fondo del pasado y me traía el repique de horas lejanas, pitidos de partida que yo no solía oír. Un día intenté tomar un libro, una novela de Bergotte que me había gustado muy en particular. Sus simpáticos personajes me gustaban mucho y, tras recuperar en seguida el encanto del libro, empecé a desear, como un placer personal, que la mujer mala fuera castigada; se me humedecieron los ojos cuando se materializó la felicidad de los dos prometidos. «Pero entonces», exclamé con desesperación, «¡de que yo conceda tanta importancia a lo que Albertine pudo haber hecho no puedo sacar la conclusión de que su personalidad es algo real que no se puede abolir, que un día volveré a encontrar tal cual en el cielo, si tanto deseo, con tanta impaciencia espero, con lágrimas acojo, el éxito de una persona que sólo ha existido en la imaginación de Bergotte, a quien nunca he visto y cuyo rostro tengo libertad para imaginarme como me plazca!». Por lo demás, en aquella novela había muchachas seductoras, correspondencias amorosas, alamedas desiertas para concertar citas, lo que me recordaba que se puede amar clandestinamente y despertaba mis celos, como si Albertine hubiera podido pasearse aún por alamedas desiertas, y también aparecía en ella un hombre que volvía a ver, al cabo de cincuenta años, a una mujer a quien había amado de joven, no la reconocía y se aburría junto a ella, cosa que me recordaba que el amor no dura para siempre y me trastornaba, como si estuviera yo destinado a estar separado de Albertine y a volver a verla con indiferencia en mi vejez. Y, si veía un mapa de Francia, mis aterrados ojos se las arreglaban para no reconocer Turena a fin de no inspirarme celos ni —para no hacerme sufrir— la Normandía en que estaban marcadas al menos Balbec y Doncières, entre las cuales situaba yo todos aquellos caminos que habíamos recorrido tantas veces juntos. En medio de otros nombres de ciudades y pueblos de Francia, que eran simplemente visibles o audibles, el de Tours, por ejemplo, parecía compuesto de forma diferente, no ya por imágenes inmateriales, sino por substancias venenosas que actuaban de forma inmediata sobre mi corazón, cuyos latidos aceleraban y volvían dolorosos, y, si esa fuerza se extendía hasta ciertos nombres, que había vuelto tan diferentes de los demás, ¿cómo, al permanecer más cerca de mí, al limitarme a la propia Albertine, podía extrañarme que aquella irresistible fuerza ejercida sobre mí y para cuya producción cualquier otra mujer habría servido, hubiera sido el resultado de un enmarañamiento y contacto de sueños, deseos, hábitos, ternuras, con la interferencia necesaria de sufrimientos y placeres alternados? Y así seguía después de su muerte, pues la memoria bastaba para alimentar la vida real, que es mental. Yo recordaba a Albertine apeándose del vagón y diciéndome que tenía ganas de ir a Saint-Martin-le-Vêtu y volvía a verla también antes, con su gorrita bajada hasta las mejillas; volvía a encontrar posibilidades de felicidad, hacia las cuales me lanzaba, al tiempo que pensaba: «Habríamos podido ir hasta Infreville, hasta Doncières». No había una estación cerca de Balbec en la que no volviera a verla, por lo que aquella tierra, como un país mitológico conservado, me devolvía —vivas y crueles— las leyendas más antiguas, más encantadoras, más borradas por lo que había seguido, de mi amor. ¡Ah! ¡Qué sufrimiento, si hubiese tenido jamás que acostarme de nuevo en aquella cama de Balbec, en torno a cuyo marco de cobre, como en torno a un eje inmutable, de barras fijas, se había desplazado, había evolucionado, mi vida, apoyando sucesivamente en él conversaciones alegres con mi abuela, el horror de su muerte, las dulces caricias de Albertine, el descubrimiento de su vicio y ahora una vida nueva en la que, al ver las estanterías acristaladas en las que se reflejaba el mar, sabía yo que Albertine no volvería a entrar jamás! ¿Acaso no era aquel hotel de Balbec como ese único decorado de teatros de provincias en el que se representan desde hace años las obras más diferentes, que ha servido para una comedia, para una primera tragedia, para otra, para una obra puramente poética, aquel hotel que ya se remontaba hasta una época bastante lejana de mi pasado? El hecho de que aquella única parte siguiera siendo la misma, con sus paredes, su biblioteca, su espejo, durante nuevas épocas de mi vida, me hacía comprender mejor que en total era el resto, yo mismo, lo que había cambiado y me daba, así, la impresión de que los misterios de la vida, del amor, de la muerte, en los que los niños, con su optimismo, creen no participar, no son partes reservadas, sino que vemos, con orgullo doloroso, que han acabado confundiéndose, a lo largo de los años, con nuestra propia vida.


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