La fugitiva

La fugitiva

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Aún no había llegado a eso. Unas veces era mi memoria, que aguzaba una excitación intelectual —por ejemplo, una lectura—, la que renovaba mi pena; otras veces era, al contrario, mi pena, provocada, por ejemplo, por la angustia de un tiempo tormentoso, la que hacía subir más, más cerca de la luz, algún recuerdo de nuestro amor. Por lo demás, aquellas recuperaciones de mi amor por la Albertine muerta podían producirse después de un intervalo de indiferencia sembrado de otras curiosidades, como —tras el largo intervalo que había comenzado después del beso rechazado de Balbec y durante el cual yo me había interesado mucho más por la Sra. de Guermantes, por Andrée, por la Srta. de Stermaria— se había reanudado cuando había empezado de nuevo a verla con frecuencia. Ahora bien, incluso entonces preocupaciones diferentes podían precipitar una separación —con una muerta, esta vez— en la que me resultaba más indiferente. Todo ello por la misma razón: la de que para mí estaba viva. E incluso más adelante, cuando la quería menos, siguió siendo para mí uno de esos deseos de los que nos cansamos en seguida, pero que se reanudan, cuando los hemos dejado descansar un tiempo. Perseguía a una viva y luego a otra y después volvía con mi muerta. Con frecuencia era en las partes más obscuras de mí mismo, cuando ya no podía hacerme una idea clara de Albertine, en las que un nombre acudía por casualidad a provocar en mí reacciones dolorosas que yo ya no consideraba posibles, como esos moribundos en los que el cerebro ha dejado de pensar y hacen contraer uno de sus miembros pinchándolo con una aguja. Y, durante largos períodos, esas excitaciones se me producían tan raras veces, que pasaba yo a buscar por mí mismo las ocasiones de una pena, de un ataque de celos, para intentar apegarme al pasado, para recordarla mejor, pues, como la añoranza de una mujer es la simple reviviscencia de un amor y sigue sometida a las mismas leyes que éste, la intensidad de la mía aumentaba con las causas que en vida de Albertine habrían aumentado mi amor por ella y en cuya primera fila habían figurado siempre los celos y el dolor, pero lo más frecuente era que aquellas ocasiones —pues una enfermedad, una guerra, pueden durar mucho más de lo que la sensatez más previsora había imaginado— nacían sin que yo lo supiera y me causaban choques tan violentos, que pensaba mucho más en protegerme contra el sufrimiento que en solicitarles un recuerdo.


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