La fugitiva
La fugitiva Si al menos aquella retirada en mà de los diferentes recuerdos de Albertine no se hubiera hecho por etapas, sino simultánea y parejamente, de frente, en toda la lÃnea de la memoria, el olvido —al alejarse los recuerdos de sus traiciones al mismo tiempo que los de su dulzura— me habrÃa brindado sosiego, pero no fue asÃ. Como en una playa en la que la marea baja de forma irregular, me sentÃa asaltado por el mordisco de una de mis sospechas, cuando ya la imagen de su dulce presencia se habÃa retirado demasiado lejos de mà para poder brindarme su remedio. Las traiciones me habÃan hecho sufrir porque, por lejano que fuera el año en que hubiesen sucedido, para mà no eran antiguas, pero me hicieron sufrir menos cuando llegaron a serlo, es decir, cuando me las imaginé con menos intensidad, pues el alejamiento de algo está más en proporción con la capacidad visual de la memoria que contempla que con la distancia real de los dÃas transcurridos, como el recuerdo de un sueño de la noche pasada, que, con su imprecisión y su desdibujamiento, puede parecernos más lejano que un suceso que data de varios años atrás. Ahora bien, aunque la idea de la muerte de Albertine fuera logrando avances en mÃ, el reflujo de la sensación de que estaba viva, aunque no los detenÃa, los contrarrestaba e impedÃa que fueran regulares y ahora me doy cuenta de que, durante aquel perÃodo (seguramente por aquel olvido de las horas en que habÃa estado enclaustrada en mi casa y que, a fuerza de borrar en ella el sufrimiento de las faltas que me parecÃan casi indiferentes, porque sabÃa que no las cometÃa, habÃan llegado a ser como otras tantas pruebas de inocencia), tuve el martirio de vivir habitualmente con una idea tan nueva como la de que Albertine habÃa muerto (hasta entonces yo partÃa siempre de la idea de que estaba viva), con una idea que me habrÃa parecido igualmente imposible de soportar y que, sin que lo advirtiera, al ir formando poco a poco el fondo de mi conciencia, substituÃa a la idea de que Albertine era inocente: la de que era culpable. Cuando creÃa dudar de ella, creÃa, al contrario, en ella; asimismo, tomé como punto de partida de mis otras ideas, la certidumbre —con frecuencia desmentida, como lo habÃa sido la idea contraria— de su culpabilidad, al tiempo que me imaginaba seguir dudando. Debà de sufrir mucho durante aquel perÃodo, pero comprendo que habÃa de ser asÃ. Sólo curamos de un sufrimiento a condición de sentirlo plenamente. Al proteger a Albertine de todo contacto, al hacerme la falsa ilusión de que era inocente, como también, más adelante, al tomar como base de mis razonamientos la idea de que vivÃa, no hacÃa sino retrasar la hora de la curación, porque retrasaba las largas horas que debÃan transcurrir antes del fin de los sufrimientos necesarios. Ahora bien, cuando la costumbre ejerciera su dominio sobre esa idea de la culpabilidad de Albertine, lo harÃa siguiendo las mismas leyes que yo habÃa experimentado durante mi vida. Asà como el nombre de Guermantes habÃa perdido el significado y el encanto de un camino bordeado de nenúfares y de la vidriera de Gilberto el Malvado; la presencia de Albertine, los de las ondulaciones azules del mar; y los nombres de Swann, del ascensorista, de la princesa de Guermantes y de tantos otros, todo lo que habÃan significado para mÃ, pues dichos encanto y significado dejaban en mà una simple palabra que —como alguien que, para capacitar a un sirviente, le da las instrucciones y unas semanas después se retira— les parecÃa demasiado grande para vivir por sà sola, asà también la dolorosa fuerza de la culpabilidad de Albertine serÃa expulsada de mà por la costumbre. Por lo demás, hasta entonces, como durante un ataque por dos flancos a la vez, en esa acción de la costumbre dos aliados se prestarÃan ayuda recÃproca. Precisamente porque aquella idea de la culpabilidad de Albertine llegarÃa a ser para mà más probable, más habitual, resultarÃa menos dolorosa, pero, por otra parte, por serlo menos, las objeciones puestas a su certeza y que inspiraba a mi inteligencia exclusivamente mi deseo de no sufrir demasiado decaerÃan una tras otra y, con cada acción que precipitara la otra, yo pasarÃa rápidamente de la certeza de la inocencia de Albertine a la de su culpabilidad. TenÃa yo que vivir con la idea de la muerte de Albertine, con la idea de sus faltas, para que dichas ideas llegaran a serme habituales, es decir, para que pudiera olvidarlas y con ello también —por fin— a la propia Albertine.