La fugitiva
La fugitiva En ciertas afecciones hay accidentes secundarios que el enfermo se muestra demasiado proclive a confundir con la enfermedad misma. Cuando cesan, lo asombra encontrarse menos alejado de la curación de lo que habÃa creÃdo. Asà habÃa sido el sufrimiento causado —la «complicación» ocasionada— por las cartas de Aimé sobre el establecimiento de las duchas y las lavanderas, pero un médico del alma que me hubiese visitado habrÃa concluido que, en lo demás, mi propia pena iba mejorando. Seguramente en mÃ, como yo era un hombre, uno de esos seres anfibios que están simultáneamente sumergidos en el pasado y en la realidad actual, existÃa una contradicción entre el recuerdo vivo de Albertine y el conocimiento que tenÃa de su muerte, pero esa contradicción era en cierto modo la inversa de la de otro tiempo. La idea de que Albertine habÃa muerto —y que en los primeros tiempos venÃa a combatir tan furiosamente en mà la idea de que estaba viva, que me veÃa obligado a escapar de ella, como los niños a la llegada de la ola, gracias incluso a esos asaltos incesantes— habÃa acabado conquistando en mà el puesto que hasta hacÃa poco ocupaba la idea de su vida. Sin que me diese cuenta, en aquel momento esa idea de la muerte de Albertine —y no ya el recuerdo presente de su vida— era lo que constituÃa en gran parte el fondo de mis ensoñaciones inconscientes; de modo, que, si las interrumpÃa de repente para reflexionar sobre mà mismo, lo que me causaba asombro no era, como en los primeros dÃas, que Albertine, tan viva en mÃ, pudiese no existir más en la Tierra, pudiera estar muerta, hubiese permanecido tan viva en mÃ. Revestido, como una mamposterÃa, con la contigüidad de los recuerdos que se siguen uno a otro, el negro túnel bajo el cual soñaba despierto mi pensamiento desde hacÃa demasiado tiempo para que le prestara atención siquiera se interrumpÃa bruscamente con un intervalo de sol, que acunaba a lo lejos un universo sonriente y azul, en el que Albertine ya no era sino un recuerdo indiferente y lleno de encanto. ¿Será ésa —me decÃa yo— la verdadera? ¿O lo era la persona que, en la obscuridad por la que avanzaba yo desde hacÃa tanto tiempo, me parecÃa la única realidad? Algo asà como una multiplicación de mà mismo me hacÃa parecer el personaje que habÃa sido yo hacÃa tan poco tiempo aún y que vivÃa exclusivamente en la perpetua espera del momento en que Albertine vendrÃa a darle las buenas noches y besarlo como una parte débil ya y a medias despojada de mà y, como una flor que se entreabre, sentÃa yo el frescor rejuvenecedor de una exfoliación. Por lo demás, aquellas breves iluminaciones tal vez contribuyeran precisamente a hacerme tomar mayor conciencia de mi amor por Albertine, como ocurre con todas las ideas demasiado constantes, que necesitan una oposición para afirmarse. Quienes vivieron durante la guerra de 1870, por ejemplo, dicen que la idea de la guerra habÃa acabado pareciéndoles natural —no porque no pensaran demasiado en ella, sino— porque no dejaban de hacerlo y, para entender hasta qué punto es la guerra un fenómeno extraño y considerable, era necesario que, al distraerlos algo de su obsesión permanente, olvidaran por un instante que la guerra reinaba, se encontrasen semejantes a lo que eran cuando habÃa paz, hasta que de repente sobre ese vacÃo momentáneo se destacara, por fin nÃtida, la realidad monstruosa que desde hacÃa mucho habÃan dejado de ver, al no ver otra cosa.