La fugitiva

La fugitiva

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Otras veces mi pena cobraba tantas formas, que a veces yo ya no la reconocía; yo deseaba tener un gran amor, quería buscar a una persona que viviese junto a mí, me parecía la señal de que ya no amaba a Albertine, cuando, en realidad, era la de que seguía amándola, pues esa necesidad de sentir un gran amor era tan sólo —como la de besar las gruesas mejillas de Albertine— una parte de mi pena. Cuando la hubiera olvidado, podría parecerme más sensato, más feliz, vivir sin amor. Así, la añoranza de Albertine, por ser la que hacía nacer en mí la necesidad de una hermana, la volvía insaciable y, a medida que se debilitara, la necesidad de una hermana, que no era sino una forma inconsciente, resultaría menos imperiosa y, sin embargo, aquellos dos restos de mi amor no siguieron, en su disminución, una marcha igualmente rápida. Había horas en las que estaba decidido a casarme, de tanto como el primero sufría un profundo eclipse, mientras que el segundo, al contrario, conservaba una gran fuerza, y, en cambio, más adelante, cuando ya se habían apagado mis recuerdos celosos, a veces volvía a subirme de repente hasta el corazón el cariño a Albertine y entonces, al pensar en mis amores a otras mujeres, me decía que ella los habría entendido y compartido y su vicio se volvía como un motivo de amor. A veces mis celos renacían en momentos en que ya no me acordaba de Albertine, aunque de ella fuera de quien entonces me sentía celoso. Creía estarlo de Andrée, a propósito de la cual me habían hablado de una aventura que estaba viviendo, pero Andrée tan sólo era para mí un testaferro, un camino de enlace, una toma de corriente que me unía indirectamente con Albertine. Así, en sueños atribuimos otro rostro, otro nombre, a una persona, pese a que no nos equivocamos sobre su identidad profunda. En una palabra, pese a los flujos y reflujos que contrariaban en esos casos particulares aquella ley general, los sentimientos que me había dejado Albertine se resistieron más a morir que el recuerdo de su causa primera y no sólo los sentimientos, sino también las sensaciones. Diferente a ese respecto de Swann, quien, cuando había empezado a dejar de amar a Odette, ni siquiera había podido ya recrear en sí la sensación de su amor, yo me sentía reviviendo aún un pasado que ya no era sino la historia de otro; mientras que la extremidad superior de mi yo, en cierto modo dividido en dos partes, estaba ya dura y fría, seguía ardiendo en su base siempre que una chispa hacía pasar por ella la antigua corriente, incluso cuando hacía mucho que mi entendimiento había dejado de concebir a Albertine, y, como ninguna imagen de ella acompañaba las crueles palpitaciones que la suplían, las lágrimas que provocaba en mis ojos un viento frío que soplaba como en Balbec sobre los manzanos ya rosados, llegaba a preguntarme si no se debería el renacimiento de mi dolor a causas totalmente patológicas y si lo que yo tomaba por la reviviscencia de un recuerdo y el último período de un amor no sería más bien el comienzo de una enfermedad del corazón.


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