La fugitiva
La fugitiva Ahora Albertine, suelta de nuevo, había reanudado su vuelo; hombres y mujeres la seguían. Vivía en mí. Yo me daba cuenta de que aquel gran amor prolongado por Albertine era como la sombra del sentimiento que había abrigado para con ella, reproducía sus diversos elementos y obedecía a las mismas leyes que la realidad sentimental que reflejaba, más allá de la muerte, pues tenía yo la sensación muy clara de que, si bien podía dejar algún intervalo entre mis pensamientos sobre Albertine, si hubieran sido demasiados, habría dejado de amarla; con ese corte se me habría vuelto indiferente, como me resultaba ahora mi abuela. Demasiado tiempo transcurrido sin pensar en ella habría roto en mi recuerdo la continuidad que es el principio mismo de la vida, si bien se puede reanudar al cabo de cierto intervalo temporal. ¿Acaso no había sido así con mi amor por Albertine, cuando vivía, que había podido reanudarse después de un intervalo bastante largo durante el cual no había yo pensado en ella? Ahora bien, mi recuerdo debía obedecer a las mismas leyes, no poder soportar más largos intervalos, pues lo único que hacía —como una aurora boreal— era reflejar después de la muerte de Albertine el sentimiento que yo había abrigado para con ella: era como la sombra de mi amor.