La fugitiva
La fugitiva Los instantes que había vivido junto a aquella Albertine me resultaban tan preciosos, que me habría gustado no dejar escapar ninguno. Ahora bien, a veces, así como se recuperan las migajas de una fortuna disipada, volvía a encontrar algunos que habían parecido perdidos: al anudar un pañuelo en torno a mi cuello, en lugar de colocármelo por delante, recordé un paseo en el que no había vuelto a pensar nunca y en el que, para que el aire frío no pudiera llegarme a la garganta, Albertine me lo había dispuesto de ese modo, después de haberme besado. Aquel paseo tan sencillo, devuelto a mi memoria por un gesto tan humilde, me dio el placer de esos objetos íntimos que han pertenecido a una muerta querida, tan caros para nosotros, y que nos trae su anciana doncella; mi pena resultaba tanto más intensificada cuanto que nunca había vuelto a pensar en aquel pañuelo.