La fugitiva

La fugitiva

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Aquellas inclinaciones que ella negaba y tenía y cuyo descubrimiento por mi parte no se debía a un frío razonamiento, sino al intenso dolor sentido al leer estas palabras: «Me haces sentirme en la gloria», y que les atribuía una particularidad cualitativa, no se añadían sólo a la imagen de Albertine como se añade al ermitaño la concha nueva que arrastra tras sí, sino mucho más como una sal que entra en contacto con otra sal y cambia su color y más aún: su naturaleza. Cuando la lavanderita debía de haber dicho a sus amiguitas: «Fijaos, yo no lo habría creído, pero la señorita “entiende” también», para mí no era sólo un vicio primero insospechado por ellas y que añadían a la persona de Albertine, sino también el descubrimiento de que era otra persona, una persona como ellas, que hablaba la misma lengua, lo que, al hacerla compatriota de otras, me la volvía aún más ajena para mí, demostraba que lo que yo había recibido de ella, lo que llevaba en el corazón, era sólo un poquito de ella y que el resto, que cobraba tanta extensión por no ser sólo esa cosa ya tan misteriosamente importante, un deseo individual, sino también por ser común a otras, me lo había ocultado siempre, me había mantenido aparte, como una mujer que me hubiese ocultado que era de un país enemigo y espía e incluso hubiese actuado más traicioneramente aún que una espía, pues ésta sólo engaña sobre su nacionalidad, mientras que Albertine lo hacía sobre su humanidad más profunda, sobre lo que no pertenecía a la humanidad común, sino a una raza extraña que se mezcla con ella, se oculta en ella y nunca se funde con ella. Precisamente había visto yo dos cuadros de Elstir en los que en un paisaje frondoso aparecen mujeres desnudas. En uno de ellos, una de las muchachas alza el pie, como Albertine debía de hacerlo, cuando se lo ofrecía a la lavandera. Con el otro empuja al agua a la otra muchacha que se resiste, alegre, con el muslo alzado y el pie apenas sumergido en el agua azul. Ahora recordaba yo que, así alzado, el muslo formaba el mismo meandro de cuello de cisne con el ángulo de la rodilla que el que formaba la caída del muslo de Albertine, cuando estaba a mi lado en la cama, y con frecuencia había querido yo decirle que me recordaba a aquellos cuadros, pero no lo había hecho para no despertar en ella la imagen de cuerpos desnudos de mujeres. Ahora la veía yo junto a la lavandera y sus amigas recomponer el grupo que tanto me había gustado cuando estaba sentado en medio de las amigas de Albertine en Balbec, y, si hubiera sido exclusivamente un aficionado sensible a la belleza, habría reconocido que Albertine lo recomponía mil veces más hermoso, ahora que sus elementos eran las estatuas desnudas de diosas como las que los grandes escultores diseminaban en Versalles bajo los bosquecillos o daban en los estanques a lavar y a bruñir con las caricias del agua. Ahora, junto a la lavandera, la veía yo como una muchacha al borde del agua, con su doble desnudez de mármoles femeninos, en medio de las tufaradas, de las vegetaciones, y sumergidas en el agua como bajorrelieves náuticos. Al recordar que Albertine estaba sobre mi cama, creía ver su muslo curvado, lo veía, era un cuello de cisne, buscaba la boca de la otra muchacha. Entonces yo no veía siquiera un muslo, sino el atrevido cuello de un cisne, como el que en un estudio estremecido busca la boca de una Leda que vemos con toda la palpitación específica del placer femenino, porque sólo hay un cisne y parece más sola, así como descubrimos en el teléfono las inflexiones de una voz que no distinguimos, mientras no esté disociada de un rostro en el que objetivamos su expresión. En ese estudio, el placer, en lugar de ir hacia la mujer que lo inspira y que está ausente, substituida por un cisne inerte, se concentra en la que lo siente. A veces se interrumpía la comunicación entre mi corazón y mi memoria. Lo que Albertine había hecho con la lavandera ya sólo me lo indicaban abreviaciones casi algebraicas, que nada significaban ya para mí, pero cien veces por hora se restablecía la corriente interrumpida y mi corazón ardía sin piedad con un fuego del infierno, mientras veía a Albertine resucitada por mis celos, viva de verdad, ponerse rígida con las caricias de la lavanderita, a la que decía: «Me haces sentirme en la gloria». Como estaba viva en el momento en el que cometía su falta, es decir, en el momento en que me encontraba yo mismo, no me bastaba con conocer dicha falta, me habría gustado que ella lo supiera. Por eso, si bien en aquellos momentos lamentaba que no volvería a verla, esa pena llevaba la marca de mis celos y, por ser muy diferente de la —desgarradora— de los momentos en que la amaba, era la de no poder decirle: «Tú creías que no me enteraría nunca de lo que hiciste después de separarte de mí, pero, mira, lo sé todo: a la lavandera al borde del Loira le decías: “Me haces sentirme en la gloria”, y he visto el mordisco que le diste». Desde luego, yo pensaba: «¿Por qué he de atormentarme? La que recibió placer con la lavandera ya no existe, por lo que no era una persona cuyas acciones conserven valor. Ella no piensa que yo lo sé, pero tampoco que no sé, puesto que no piensa». Pero ese razonamiento me convencía menos que la vista de su placer, que me remitía al momento en que ella lo había sentido. Lo que sentimos existe sólo para nosotros y lo proyectamos en el pasado, en el futuro, sin dejarnos detener por las barreras ficticias de la muerte. Si bien mi pena por que hubiera muerto sufría en aquellos momentos la influencia de mis celos y cobraba aquella forma tan particular, aquella influencia se extendió, naturalmente, a mis sueños de ocultismo, de inmortalidad, que eran un simple esfuerzo para intentar realizar lo que deseaba. Por eso, en aquellos momentos, si hubiese podido evocarla haciendo girar una mesa, como en tiempos lo consideraba posible Bergotte, o encontrándomela en el otro mundo, como pensaba el padre X***, sólo lo habría deseado para repetirle: «Lo sé por la lavandera. Tú decías: “Me haces sentirme en la gloria”; y he visto el mordisco que le diste». Lo que vino en mi ayuda contra aquella imagen de la lavandera fue —cuando hubo durado un poco, desde luego— aquella imagen misma, porque sólo conocemos de verdad lo nuevo, lo que introduce bruscamente en nuestra sensibilidad un cambio de tono que nos sorprende, lo que la costumbre no ha substituido aún por sus pálidos facsímiles, pero sobre todo aquel fraccionamiento de Albertine en numerosas partes, en numerosas Albertines, era su modo de existencia en mí. Volvieron momentos en que ella había sido buena o inteligente o seria o incluso amante sobre todo de los deportes. ¿Y acaso no era lógico que aquel fraccionamiento me calmara? Pues, si bien no era en sí algo real, si se debía a la forma sucesiva de las horas en que se me había presentado ella, forma que permanecía sola en mi memoria, como la curvatura de las proyecciones de mi linterna mágica se debía a la curvatura de los cristales coloreados, ¿acaso no representaba a su modo una verdad muy objetiva, a saber, que cada uno de nosotros no es uno, sino que contiene numerosas personas todas las cuales no tienen el mismo valor moral y que, si bien había existido la Albertine viciosa, no por ello dejaba de poder haber habido otras, aquella a la que le gustaba charlar conmigo sobre Saint-Simon en su habitación, la que la noche en que le había dicho yo que debíamos separarnos había comentado con tanta tristeza: «Esta pianola, esta habitación, pensar que no voy a volver a ver nunca todo esto», y, cuando había visto la emoción que mi mentira había acabado infundiéndome, había exclamado: «¡Oh, no! Cualquier cosa, menos causarte pena; de acuerdo, no intentaré volver a verte»? Entonces dejé de estar solo: sentí que desaparecía aquel tabique que nos separaba. Puesto que había vuelto aquella Albertine buena, había yo recuperado a la única persona a la que podía pedir el antídoto de los sufrimientos que Albertine me causaba. Cierto es que yo seguía deseando hablarle de la historia de la lavandera, pero ya no al modo de un cruel triunfo y para mostrarle aviesamente que lo sabía. Como habría hecho, si Albertine hubiese estado viva, le pregunté con cariño si era verdad la historia de la lavandera. Me juró que no, que Aimé no era veraz y que, como quería parecer que se había ganado con creces el dinero que yo le había dado, no había querido volver con las manos vacías y había hecho decir lo que él quería a la lavandera. Seguramente Albertine no había cesado de mentirme. Sin embargo, yo tenía la sensación de que en el flujo y reflujo de sus contradicciones había habido cierta progresión debida a mí. No habría jurado que ella no me hubiera hecho confidencias al comienzo (tal vez —cierto es— involuntarias, en una frase que se le escapara): ya no lo recordaba. Y, además, tenía unas formas tan extrañas de llamar a ciertas cosas, que podían significar «sí» o «no», pero la sensación que había tenido de mis celos la había movido después a retractarse con horror de lo que al principio había confesado de buen grado. Por lo demás, Albertine ni siquiera necesitaba decirme eso. Para estar convencido de su inocencia, me bastaba con abrazarla y, en vista de que había caído el tabique que nos separaba, semejante al —impalpable y resistente— que, después de una riña, se eleva entre dos enamorados y contra el cual chocarían los besos, podía hacerlo. No, no necesitaba decirme nada. Que hubiera hecho lo que hubiese querido, la pobrecilla: había sentimientos que, por encima de lo que nos dividía, podían unirnos. Si la historia era verdadera y si Albertine me había ocultado sus inclinaciones, era para no causarme pena. Me encantó oírselo decir a aquella Albertine. Por lo demás, ¿acaso había conocido jamás a otra? Las dos mayores causas de errores en nuestras relaciones con otra persona son tener buen corazón o amarla. Amamos por una sonrisa, por una mirada, por un hombro. Con eso basta, por lo que en las largas horas de esperanza o tristeza fabricamos a una persona, componemos un carácter y, cuando más adelante frecuentamos a la persona amada, podemos tan poco —sean cuales fueren las crueldades ante las que nos encontremos— suprimir ese buen carácter, esa naturaleza de mujer que nos ama, a la persona que tiene semejante mirada, semejante hombro, como privar de su primer rostro, cuando es vieja, a una persona que conocemos desde su juventud. Evoqué la hermosa mirada, buena y piadosa, de aquella Albertine, sus gruesas mejillas, su cuello con grandes granos. Era la imagen de una muerta, pero, como vivía, me resultó cómodo hacer inmediatamente lo que habría hecho sin falta, si hubiera estado viva junto a mí (lo que haría, si alguna vez hubiera de volver a encontrármela en otra vida): la perdoné.


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