La fugitiva

La fugitiva

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Yo había sufrido mucho en Balbec cuando Albertine me había explicado su amistad con la Srta. Vinteuil, pero entonces estaba allí Albertine para consolarme. Después, cuando, por haber intentado demasiado conocer las acciones de Albertine, había logrado que se marchara de mi casa, cuando Françoise me había anunciado que ya no estaba y me había encontrado solo, había sufrido más, pero al menos la Albertine a la que había yo amado seguía dentro de mi corazón. Ahora, en su lugar —para castigarme por haber llevado demasiado lejos una curiosidad a la que, contrariamente a lo que había supuesto, la muerte no había puesto fin— con lo que me encontraba era con una muchacha diferente, que multiplicaba las mentiras y los engaños, mientras que la otra me había tranquilizado con tanta dulzura al jurarme no haber conocido nunca aquellos placeres, que, con la embriaguez de su libertad recuperada, había ido a saborear hasta el desmayo, hasta morder a aquella lavanderita con la que se reunía a la salida del sol, a orillas del Loira, y a la que decía: «Me haces sentirme en la gloria». Era una Albertine diferente, no sólo en el sentido en que entendemos esta palabra, cuando se refiere a los demás. Si los demás son distintos de lo que hemos creído, como esa diferencia no nos atañe profundamente y el péndulo de la intuición sólo puede proyectar hacia fuera una oscilación igual a la que ha ejecutado en el sentido interior, situamos esas diferencias en regiones superficiales de ellos. En tiempos, cuando yo me enteraba de que a una mujer le gustaban las mujeres, no por ello me parecía una mujer diferente, con una esencia particular, pero, si se trata de una mujer a la que amamos, para librarnos del dolor que sentimos ante la idea de que así pueda ser, intentamos saber no sólo lo que ha hecho, sino también lo que sentía al hacerlo, qué idea tenía de lo que hacía; entonces, descendiendo cada vez más por la profundidad del dolor, alcanzamos el misterio, la esencia. Yo sufría hasta el fondo de mí mismo, incluso en el cuerpo, en el corazón, mucho más de lo que me habría hecho sufrir el miedo a perder la vida, por aquella curiosidad en la que colaboraban todas las fuerzas de mi inteligencia y mi inconsciente y así, en las profundidades mismas de Albertine, proyectaba ahora todo lo que averiguaba sobre ella. Y el dolor que había hecho penetrar, así, en mí hasta semejante profundidad la realidad del vicio de Albertine me prestó mucho más adelante un último servicio. El daño que me había hecho Albertine, como el que yo había hecho a mi abuela, fue un último vínculo entre ella y yo y que sobrevivió incluso al recuerdo, pues, con la conservación de energía con la que cuenta todo lo físico, el sufrimiento ni siquiera necesita las lecciones de la memoria: así, un hombre que ha olvidado las hermosas noches pasadas a la luz de la luna en los bosques sufre aún el reúma que pescó en ellos.


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