La fugitiva
La fugitiva Al principio, la lavanderita no quiso decirme nada, me aseguraba que la Srta. Albertine nunca había hecho otra cosa que pellizcarle el brazo, pero, para hacerla hablar, la llevé a cenar y le di de beber. Entonces me contó que la Srta. Albertine se veía con frecuencia con ella a orillas del Loira, cuando iba a bañarse, que la Srta. Albertine, quien tenía la costumbre de levantarse muy temprano para ir a bañarse, acostumbraba a encontrarse con ella al borde del agua, en un lugar en el que los árboles son tan espesos, que no se ve nada detrás de ellos, aparte de que a esa hora no hay nadie que pueda ver. Luego la lavandera llevaba a sus amiguitas y se bañaban y después, como ya hacía mucho calor allí, incluso bajo los árboles, se quedaban en la ribera para secarse, acariciándose, haciéndose cosquillas, jugando. La lavanderita me confesó que le gustaba mucho divertirse con sus amiguitas y que, al ver a la Srta. Albertine frotarse siempre contra ella con su bata, le había dicho que se la quitara y le hacía caricias con la lengua a lo largo del cuello y los brazos e incluso en la planta de los pies, que la Srta. Albertine le ofrecía. También la lavandera se desnudaba y jugaban a empujarse en el agua. Aquella noche no me dijo nada más, pero, con mi absoluta voluntad de cumplir sus órdenes y dispuesto a hacer cualquier cosa para satisfacerlo, me acosté con la lavanderita. Me preguntó si quería que me hiciera lo que hacía a la Srta. Albertine, cuando ésta se quitaba el traje de baño y añadió: (Si hubiese usted visto cómo se agitaba, aquella señorita, y me decía: (¡Ah! Me haces sentirme en la gloria), y estaba tan nerviosa, que no podía por menos de morderme). Vi aún la señal en el brazo de la lavanderita y comprendo el placer de la Srta. Albertine, pues esa chiquilla es muy hábil, la verdad.