La fugitiva
La fugitiva Aimé fue a alojarse junto a la quinta de la Sra. Bontemps; conoció a una doncella y a un alquilador de automóviles al que Albertine solicitaba uno con frecuencia para pasar todo el día. Aquellas personas no habían notado nada. En una segunda carta, Aimé me decía haberse enterado por una lavanderita de la ciudad de que Albertine tenía una forma particular de apretarle el brazo, cuando aquélla le llevaba la ropa. Pero, según decía, aquella señorita nunca le había hecho nada más. Envié a Aimé el dinero para pagar su viaje, para pagar el daño que acababa de hacerme con su carta, y, sin embargo, yo me esforzaba por curarlo pensando que se trataba de una familiaridad que no demostraba ningún deseo vicioso, cuando recibí un telegrama de Aimé: HE SABIDO LAS COSAS MÁS INTERESANTES. TENGO MUCHAS NOTICIAS PARA EL SEÑOR. SIGUE CARTA. El día siguiente, llegó una carta cuyo sobre bastó para hacerme estremecer; había reconocido que era de Aimé, pues todas las personas, incluso las más humildes, tienen bajo su dependencia esos pequeños seres familiares, a la vez vivos y acostados como con un entumecimiento en el papel: los caracteres de su escritura, que sólo ellos poseen.